Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de 2013

Paul y nuestro accidente

En esa habitación se sentía un calor infernal que subía en forma de oleadas de vapor por nuestros cuerpos. Sudábamos por todos lados mientras nos besábamos. -No te vayas. Esa era mi voz. Había llegado hasta esta habitación de hotel, después de robarle el carro a mi mamá. Era un primero de enero y yo estaba en su búsqueda. Paul me había perseguido desde Cuba, había pasado unos días conmigo y yo jamás le di una razón legítima para continuar. Ahora, sabía que se iba a Suiza y lo busqué antes de su partida. ¿Por qué si no lo quería? Después de tantos años, no sé decirlo con precisión, quizás fue la necesidad  de meterme en la piel de alguien que no era. Cuando toqué la puerta, él no se esperaba mi llegada, se quedó frío. Entré, cerré la puerta y empecé a besarlo con desespero.  Él tuvo que pararme en un momento. -¡Qué pasional son los latinos! Retrocedí hasta apoyarme en una pared y lo atrapé con un abrazo, estaba decidida a darle lo que quería pero, ¿yo lo quería? Bajé mis ma

Me pelee por un hombre (en serio)

Esa carajita me tenía arrecha.  No podía ver que Franklin se sentara a mi lado en el transporte, porque empezaba a hacerme muecas de gorila.  Me daban ganas de decirle que yo no era negra sino indígena, una diferencia bastante grande. Ella estaba enamorada de Franklin, Franklin de mí y yo, bueno tenía 12 años, a mi solo me gustaba pasear en bicicleta.  El destino hizo que viviéramos  cerca y estudiáramos en el mismo lugar, así que era imposible no tropezarla en el recreo y ver su cara de desprecio al verme.  Yo era su enemiga y estaba decidida a destruirme. Cuando veía que Franklin se me acercaba, se metía en el medio para coquetearle descaradamente. El se ponía rojo de la incomodidad.  A mi daba risa todo el asunto, ella peleaba por un hombre a quien yo sólo veía como un compañero de juego.  Franklin cumplió 13 años y decidió hacer una fiesta en su casa, la invitó a ella y a mi.  Llegué orgullosa en mi bicicleta roja marca "Silver Star"', sudada y con un

Ante el altar

-Padre confieso que he pecado. En obra, pensamiento y acción. -¿Estás aquí por qué así lo deseas? -Sí Padre. -¿Crees en Dios? -Nunca he creído en Dios. -¿Qué te hace venir ante mí? -La culpa. -¿Cuál? -La de no arrepentirme de nada. -Y si eso es así, si no crees si no quieres arrepentirte ¿en qué puedo ayudar? -En escucharme Padre. -¿Qué quieres confesar? -Desde pequeña me dijeron que la religión era una droga para el pueblo, que los templos se construyeron en base a la guerra, a la muerte, ¿es verdad? -Estas iglesias las levantó la fe y la creencia. -Eso Padre, yo quiero creer. -Si no abres tu corazón a Dios nunca lo harás. -¿El me recibirá a pesar de mis pecados? -Sólo si te arrepientes de ellos. -No me arrepiento de amar a una mujer. -¿Quieres entrar al Reino de los Cielos? -Sí Padre. -Debes saber que eso está mal, que es contra las leyes divinas. -Él me hizo así. -Eso es imposible. -Es posible Padre. Lo sé, yo no lo decidí, esto me decidió. -Puedes cambiarlo

Tequila, limón y sal

-Es la primera vez que hago esto. Te creí. Lo sentía en tus manos torpes, tu cuerpo tembloroso al mínimo roce y tu delicioso desespero de no saber por donde comenzar. Tu aliento era una mezcla tóxica de alcohol y deseo mal disimulado, que había estallado después de un juego no tan inocente. EL JUEGO -¿Andrea sí pudieras acostarte con alguien de esta mesa a quien elegirías? -A Mawa Hubo un silencio que interrumpiste con tu risa. -Lo siento, ¿lo dije muy rápido? Celebramos tu veloz sinceridad con un brindis que ya rozaba los límites del alcohol. Nos habíamos atrincherado en una casa con una botella congelada de José Cuervo, limón y sal. El tequila nos corría por las venas inyectando las ganas de escuchar más y si teníamos suerte hacer algo más interesante. Después de la confesión de Andrea, me di a la tarea de buscar el menor resquicio de contacto, utilizando como pretexto el fulano juego. Uno de esos buenos amigos captó la seña y pidió que la próxima copita del aguardiente

La morfina

-Hoy es domingo papá, son las tres de la mañana y no tengo sueño. Me sobresaltó tu respiración, es finita, calmada, me imagino que es por la morfina. ¿Sabes que es extraño? Que la morfina sea transparente, parece que te inyectaron agua, pero no, es un veneno que te aleja del dolor, pero te acerca a la muerte. No ha parado de llover desde hace dos días, las gotas golpean las ventanas de esta clínica como una premonición. ¿Qué quiere la lluvia? ¿Arrastarte hacia la nada? No la dejaré, mientras esté despierta, nadie, ni nada te alejará de mí. No quieres comer, no abres los ojos, no hablas. Te voy a obligar a vivir unos segundos más. Pero es tu dolor, ese que te deja sin respiración, mi peor enemigo. Papá, la morfina ¿por qué te calma? ¿Te acuerdas de la canción con la que me hacías dormir? ¿Y a mis hermanos? Te la voy a cantar, "duerme, duerme negrito, que tu mama está en el campo, negrito". Una canción socialista papá, de esclavos que se revelan contra los blancos, que

Mis demonios

Llevo veinte cervezas, pero no pararé hasta que lleguen las ganas de vomitar. Es raro porque ya debería sentirme mal, pero mi barrera se amplia más, no solo la de la bebida, este deseo de hundirme demanda más. Hago un par de llamadas plagadas de llanto, mando mensajes furiosos como loca, escribo algo en las redes sociales. Alguien, una amiga, me manda un mensaje a mi celular. -¿Estás borracha? Si sigues escribiendo, te juro que voy hasta tu casa a cortarte los dedos. -Te prometo que dejaré de escribir. - Y de beber Mawa, tienes un problema. -No tengo ningún problema. La negación. Siete días a la semana era la misma rutina, esa de arruinarme la vida y la de los demás. Beber se había convertido más que un habito, era una necesidad que me tentaba, "una más y todo será bonito" ¿Quién me hablaba? "Una más y todo se te olvidará" Llegaba el mareo, el olvido, la rabia y el vacío. -Si, tienes un problema. -No, yo lo puedo controlar. -¿Sabes que creo? Cada vez

Los demonios

-Papá ¿Me puedes escuchar? Abre los ojos, mírame. Aprieta mi mano. ¿Por qué? Dime ¿Por qué? Te perdiste quince años de mi vida y entras ahora de esta forma. ¿Por qué? Abre los ojos y responde. Te odié tanto, tanto, tanto que no me cabía en el pecho todo este rencor. Te deseé lo peor y ahora estoy aquí frente a ti rogando que me mires una vez más, una última vez, por favor. ¿Qué hiciste en estos quince años? ¿Qué nos hiciste en todo este tiempo? No estuviste conmigo para ver mis triunfos y mis derrotas, no te enteraste de mi graduación, no pudiste aconsejarme cuando me invadía la duda. No te pude decir que estaba confundida, que me había enamorado de una mujer. Quería saber que pensabas tú. Quería que me volvieras a leer, a enseñarme la vida por ese camino utópico donde los hombres y mujeres eran libres, solo porque tenían el poder de la verdad. ¿Cual es ese camino papá? De tanto huirle a mi pasado, de tanto luchar contra ti y tu recuerdo, me di cuenta que me volví como tú. So

Sorteando la muerte

-Mawa, te voy a poner al teléfono a tu papá. El no te puede hablar, pero si te escucha. Oí una respiración entrecortada, unos semi murmullos y eso fue todo. Mi papá trataba de decirme algo, pero el cáncer le carcomía la garganta. Yo intenté a más de cien kilómetros de distancia de darle confianza, de esconder mi asombro. -Tienes que venir urgente a la clínica, está muy grave. La llamada de una amiga me había detenido a último minuto de tomar un autobús para Maracay. Aún así dudé, y ese segundo de pensar entre ver a mi pareja y ver a mi papá convalenciente, me persigue hoy en día. Dejé las maletas y me fui a Ciudad Bolívar. La primera vez que supe que algo estaba mal con mi papá, fue cuando le pasé por un lado un año atrás y no lo reconocí. La ropa le colgaba del cuerpo, parecía como si hubiese disminuido su estatura, era la sombra de un hombre que había odiado con todas mis fuerzas por más de quince años. Un hombre impulsivo y violento, inestable, que al separarse de mi mamá,

El encuentro (II)

-Disculpa la tardanza. -Pensé que no ibas a venir. -Aquí estoy. -¿Sabes que es irónico Alejandra?, que estemos en el mismo sitio donde comenzó lo nuestro. -Lo noté. -Estás muy linda. -Tú también, pero estás muy delgada. -Algo. -Sabía que ibas a venir. -¿Por qué? -Te conozco Mawa. -¿Cómo te va? -Bien, todo bien...¿y tú? -Bien...Extrañándote. No ha sido fácil -¿Crees que para mí lo ha sido? -Si. -¡Por favor! -¿No es verdad? -No, no es verdad. Te fuiste de esta ciudad y yo me quedé con todos los recuerdos. Cada esquina me recuerda a ti todos los días. -No me quisiste esperar Alejandra.... -¿Hasta cuando? -No sé. -El problema no es que te fuiste, es que yo no te supe retener. -Vuelve conmigo... -No. -¿Estás con alguien más? -Sí -Agradezco la sinceridad. -Me cansé de esperar, de soportar que estuvieras tan lejos. De pensar que estabas con otras personas... -No es así. -No me mientas Mawa, te conozco. -Quédate conmigo esta noche -No, no sabes el mal que nos ha

El encuentro (I)

Quizás si me maquillara un poco más, ella no notará mi nerviosismo.  Es una estupidez ¿cuanto tiempo tengo sin verla? Un año y dos meses. Tanto tiempo. ¿Huelo bien? ¿Me veo bien? Me miré en el espejo. Había seleccionado esa ropa una semana atrás, un escote pronunciado, mi mejor pantalón, mis ocho kilos menos, mi desespero. No le voy a pedir que vuelva conmigo. No voy a rogar que me regale una noche. Solo quiero saber los por qués. Intenté pintarme los labios pero las manos temblorosas no me dejaban. Desistí. Llegar hasta la puerta de su trabajo me iba a tomar 10 minutos, los más largos que tuve en mi vida. Había ensayado ante el espejo lo que le iba a decir, como le iba a pedir unas horas para hablar, pero en el momento de abrir esa puerta, todo se convirtió en una nube blanca.  No levantó la vista cuando entré, miraba con seriedad unos papeles, mientras subía unos lentes que le resbalaban por la nariz.  Me planté frente a Alejandra. Gorgotee un hola. 

Tus caricias como respuesta

Eran las dos de la mañana y tu cuerpo calentaba el mio. Abracé con fuerza tu espalda pidiendo protección en mis sueños, hurgando ese lugar exacto para reposar mi cara. Teníamos seis meses juntas y ya te buscaba por instinto. Estabas en mi casa, en esa habitación de soltera sin cocina, sin detalles personales más allá de esas cinco cajas de libros que me acompañaban en cada mudanza. Una vez más le habías mentido a tu mamá sobre tu ausencia. Una semana antes tuvimos una pelea monumental que terminó en llanto, cuando te exigí que te quedaras conmigo más de dos noches seguidas. En mi casa reposaban restos de ti. Un cepillo de dientes, una muda de ropa, tu camisa de dormir. Pero no dabas el paso definitivo para quedarte más tiempo conmigo. Tenías miedo. De tu mamá, de asumir que estábamos en una relación estable, adulta y que necesitábamos nuestro espacio. Pero el temor de lo que pasaría te carcomía el alma en llanto. -No voy a estar toda la vida así Alejandra, eres mi novia. Quier

Un mal día en el periodismo

-Veo un hombre detrás de ti, es una figura paternal. ¿Tu papá murió verdad? Algo me decía que no debía haber aceptado la entrevista con ese médium.  En dos años de ejercer el periodismo me había tocado ver de todo, desde muertos pudriéndose hasta golpes en una manifestación. Cuando uno piensa que el cuero se le pone más fuerte, allí estaba yo, con la piel de gallina. Miré con desconfianza a mi izquierda. No había nadie. -Me dice que tomes más tiempo para ti, que está bien en el lugar donde se encuentra. La frase me pareció uno de esos clichés que se escuchan en malos programas de videntes. O quizás era verdad.  Quizás mi papá, quien murió de cáncer dos años atrás, estaba presente para decirme que estaba de lo más feliz en el más allá. La entrevista terminó con otros consejos y la promesa de leerme las cartas con tiempo. Llegué a mi escritorio todavía con las palabras del médium en la mente. -Las vainas que tengo que escuchar. Abrí el correo y en letras grandes un

Intermedio

Señores lectores. Siento que los he decepcionado. Ustedes esperaban -¿o era yo?- que este blog se convirtiera en una ventana de vivencias bien escritas, algo serio, sin errores de redacción. Pero se ha convertido en micro relatos monotemáticos, escritos a lo loco, impulsados más por el calor del momento, que por una mente fría. Ese es el problema, no creo que se deba escribir desde la barrera de la autocensura. Escribir es remover sentimientos, mucho más cuando hay que buscar en el archivo de los recuerdos y toparte con pedazos desastrosos o muy buenos. Hay dos preguntas que siempre me hacen, "¿Te ha pasado todo eso?" "¿No te da miedo exponerte tanto?" A la primera contesto, sí me ha pasado todo eso. Quizás se me olvida una frase precisa pero la que escribo, está muy cercana a la realidad. Y a la segunda. No me da miedo exponerme, si así fuera, no publicaría nada. Lo he explicado en otros capítulos, esto es una catarsis, un descubrimiento. No es raro que

El reto (o como perder el tiempo)

-Deberías ampliar tus gustos. Agarró la botella de ron para darle un jalón al seco con los ojos clavados en mí. Estábamos encerrados en su cuarto, él sentado en la mitad de su cama, yo acostada a su lado. Las cortinas corridas, completamente a oscuras. Me había acostumbrado a ese ambiente de encierro, así que puede ver su expresión, tampoco disimuló el tono de doble sentido. Aún así me hice la loca. -¿Lo dices por qué? ¿Por qué solo me gusta la cerveza? Se limpió con su mano izquierda unas gotas de alcohol que le quedaron en la barbilla. -También. Me apoyé del codo, le arrebaté de las manos la botella y bebí hasta que la garganta se quejó. Volví a acostarme. -¿Quieres que ponga una película pornográfica? Lo miré buscando alguna señal de juego, pero él me miraba con seriedad. -¿Qué pretendes? -Nada. -No quiero ver ninguna película. Se acostó a mi lado, encima de mi brazo. Su cara a centímetros de la mía -Me encantan tus hombros. -¡Deja la vaina! Eres mi amigo. -¿Y que

El dolor

Lloro sin lágrimas. Estoy en el cine, y empiezo a sollozar al seco. No veo nada en particular que desate mi tristeza, ninguna película de drama. Solo que de la nada, me llega como una cachetada tu recuerdo. No es la primera vez que me pasa. Estos episodios se han repetido sin un orden en específico, no es necesario algún detalle importante. No sé cuando se activa el pasado, nuestro pasado. Escribirnos en ese tiempo, lo que fuimos, lo que nunca seremos, forma un nudo doloroso imposible de controlar. Sin ti, siento que he envejecido diez años. Se me han formado surcos debajo de los ojos de tanto sostener las lágrimas, te has quedado marcada en mis arrugas. Pero ahora, hay una gran diferencia. Ese sentimiento que me obligaba a caer doblada del dolor, bañada en llanto, se ha convertido en un espasmo silencioso de pena. Llorarte sin lágrimas lo atribuyo, a ir superando esta pérdida. La misión de olvidarte, equivale a borrar un pedazo de ti cada día. Lo confieso, no ha sido fác

La gata (o como se me quitaron las ganas de ser una chica mala)

Yo era la más arrecha. Sí, señores. Creía que me comía el mundo, que podía tener una relación sin comprometer mi soltería. Dejaba las cosas en claro desde el principio. -Yo estoy divorciada de Sofía. Porque, a pesar que no hubo papel, tú me dirás que siete años de relación no eran un matrimonio. Así que no quiero compromisos. En ese tiempo, me encontré con las relaciones más locas del mundo pero nadie, ni nada se compara a esta mujer. La Gata. No recuerdo su nombre, por eso le cuelgo el mote. Ya sabrán el motivo. -Cuenten la experiencia sexual, más bizarra que han tenido. Pedía un amigo en una fiesta. De inmediato, todos hablaban de su mala experiencia, hasta que llegó mi turno. -Tienen que escuchar mi cuento con La Gata. Mis amigos se sirvieron una ronda de cerveza, prendieron los cigarros para escuchar atentos. En una época era adicta a los chats de citas, esos que de cada diez personas que conocías, una era normal. La Gata fue parte ese mal porcentaje, pero en ese mom

¡Chao Fidel Castro!

Era el día 20 y ya estaba harta de Cuba. Al principio disfrutaba de esa mezcla entre penurias y alegrías que vivían los cubanos, pero en todo ese tiempo me cansé de comer lo mismo todos los días y de ser una carga para la señora que me mantenía casi escondida en su casa. En una oportunidad manejando bicicleta por una calle transitada, no respondieron los frenos y caí de boca contra el filo de una acera, a unos pocos centímetros paró un viejo Ford. La cosa no llegó a mayores, pero la señora casi muere de un infarto. -Si te hubiese pasado algo, yo era la culpable. Estaba otro tema más importante: Paul. Eramos novios o algo parecido. Salíamos en citas hasta la heladería Copelia, nos dábamos besos de adolescentes en el malecón, caminábamos agarrados de la mano como dos enamorados. Me sentía amaba, pero en el fondo me asaltaban todo tipo de dudas. Cuando llegó la fecha de irme, Paul me acompañó hasta el aeropuerto y me preguntó por nuestro futuro. -No sé que va a pasar, nos escrib

La (bi)sexualidad

El discursito me lo conozco de memoria, "no me enamoro del género, sino de la persona". Los bisexuales son una raza extraña para mí.  Eso de andar por la vida sin mostrar un gusto particular por un pene o una vagina, es una declaración arriesgada, diría que hasta suicida. Vamos a estar claros.  Sentir, todos podemos reaccionar a una caricia, pero esta viene acompañada de una imagen definida, de un ideal sexual que debe encajar entre un par de senos o un pecho plano y peludo. La distancia entre una y otra es tan grande, que sería como comparar una Coca-Cola con un jugo de lechoza, o para ser más venezolanos, elegir entre ser opositor o chavista.  Quieres una cosa u otra. -La culpa es de Madonna. -¿Cómo es la vaina? Reaccioné al tocar mi talón de Aquiles. -Desde que se besó con Britney Spears, todas las mujeres quieren experimentar. Experimentar, ese es el problema. ¿Cuales son los verdaderos bisexuales? Si es que existen. Esos que pueden verse a futur

Chica mala

-Che, te amo. Me puse pálida, dejé de respirar, sentía como una corriente helada tensaba cada músculo de mi cuerpo. No estaba preparada para eso. A lo mejor no había escuchado bien, quizás Ana me estaba diciendo otra cosa. -Boluda te digo que te amo y no decís nada. Hice lo primero que se me pasó por la mente. Le sonreí sin abrir la boca, le di un beso en la frente, oculté mi pena con un abrazo de amigas. La temida cinco letras, debí imaginar que iba a pasar. En unos dos meses, cumpliríamos un año de relación y lo más común es que uno se enamore. Pero no lo estaba, tampoco lo quería. Me había prometido jamás enamorarme, tomar las cosas con calma, vivir con Ana el día a día sin presiones. Quería ser un agente libre, sin ataduras o compromisos cursis. -¡Eres arrecha Mawa! Quieres una relación abierta, con una chama que hasta tiene las llaves de tu casa. Me regañaban mis amigos. -No soy mujer de una sola mujer. -Hablas como el propio macho. -En una relación siempre hay uno

Bye-bye Virginia

-No estoy embarazada. La noticia no supuso un alivio.  Estaba cansada de los giros que daban la relación con Virginia, de sus cambios de humor, su escasa iniciativa.  Pero hay un momento en la vida de todos, ese instante patético cuando queremos aferrarnos a alguien como un clavo hirviendo.  Quería que se enamorara de mí, en el fondo ese era mi objetivo.  Me portaba bien, era dedicada, daba detalles. ¿Qué estaba haciendo mal? -Eso mismo Mawa, ¡tratarla bien! -¿Tú crees? -¡Claro! Uno tiene que ser coño e madre en esta vida. ¿No te has dado cuenta que uno tiene que ser malo, indiferente? La gente es masoquista, eso es lo que te pasa a ti...te estás comportando muy bien. Un amigo, la voz de la experiencia me habló de frente. Pasa, que cuando eres bueno en una relación, no hay vuelta atrás. Estaba metida en ese paquete y ahora no sabía como comportarme con Virginia. Había terminado con su novio, así que suponía que era su novia oficial, pero esas eran las conclusiones

Miguelangel o mi casi primera vez

A los 20 años tomé la decisión de tener una relación estable con un hombre. ¿Su nombre? Miguelangel. En esa época me martirizaba demasiado con mis gustos por las mujeres. Lo que sentía no debía ocurrir, fin de la historia. Miguelangel era perfecto para mí, porque tenía todo lo que me gustaba de un tipo o lo que debería gustar. Era alto, delgado e irradiaba una sabrosura pícara de los hombres que saben que están buenos. No ocultaba su deseo de acostarse conmigo, no había ningún disimulo o palabras tiernas. Comenzaba a estudiar comunicación social en Maracay y Miguelangel trataba eso de ser militar en la misma ciudad. Así que los fines de semanas lo teníamos completamente para nosotros. Trató de llevarme a un hotel, pero sus intenciones siempre se caían. Debe ser porque pagaba la habitación individual y los recepcionistas me rebotaban cada vez que intentaba subir a su cuarto. Hasta que llegó la oportunidad. La dueña de la residencia donde me quedaba se fue de viaje y decidí i

Ella (Dos)

-¿Qué haces por aquí? Mi voz tenía una mezcla entre alegría y asombro. Alejandra estaba en el apartamento de nuestros amigos, sola. Había pasado más de un mes sin saber de ella. No recuerdo lo que contestó, pero me recibió con su típica sonrisa. -¿Y tu novio como está? Tiré la punta con toda la mala intención, pero me arrepentí al segundo. Me esquivó la mirada con pena, sin saber que decirme. Cambié el tema. Una hora después se estaba despidiendo de todos, pero tuve el impulso final de pedirle su número de teléfono. Lo dejé guardado, con el deseo de llamar, de mandar un mensaje. No lo hice. -Una caraja con novio. ¡Coño Mawa no fue suficiente con Virginia! -Lo sé amiga, lo sé. No voy a repetir lo mismo. -¿Me lo prometes? -¡Claro! Una semana después recibí un mensaje de Alejandra preguntando si iba a una reunión en el apartamento de nuestros amigos. Le dije que si. Ese día llegué tarde. La encontré muerta del aburrimiento, acostada en una cama. Me senté frente a ella. Me

Ella (uno)

-Mawa te presento a Alejandra...Alejandra una amiga. Cabello negrísimo y liso, ojos negros, piel canela, escote que asomaban pecas acompañadas de una sonrisa tímida. Nos dimos la mano y nos ignoramos toda la noche. A su lado estaba la novia como un guardaespalda, no se separaba de ella ni un segundo. Le pregunté a un amigo de confianza. -¿Cómo una tipa así se levanta a esa mujer tan bella? -Jajajaa, ¡Qué mala eres! Nos reuníamos en casa de una pareja de amigos en común. Yo llegaba después del gimnasio toda sudada y siempre la encontraba con la novia en el sofá, hablando muy bajo. Me gustaba, pero era incapaz de hacer lo mínimo para meterme en esa relación. Ni en ninguna otra. Pero en las fiestas era inevitable que nuestras miradas no tropezaran, intercambiábamos un par de frases que se atropellaban por la timidez. Jamás he podido entender cuando alguien está coqueteando o simplemente es muy amable. Esto se lo plantee a una amiga. -...entonces no sé Claudia pasa eso, pero la v

Los coñazos en sucesos

Me tocaba la guardia de sucesos en el periódico. Todos los periodistas nos turnábamos los fines de semana para cubrir a nuestros compañeros fijos en la fuente. Eran una vez al mes, pero a nadie le gustaba salir a las nueve de la noche en busca de un muerto, en cualquier barrio de Guayana. Yo no tenía problemas. Lo había hecho en mi trabajo anterior y conservaba ese sentimiento de aventura, ingenuidad o periodista todo terreno que no le tiene miedo a nada. Recuerdo que mi guardia era un domingo, pero una compañera me pidió el favor de cambiarlo por su sábado. Tenía un compromiso importante. Accedí. Hice una última llamada al 171 antes de irme a mi casa. -Soy otra vez la periodista. Es pa ve si tenían algo. -No, no. No ha pasado nada relevante. -¡Qué bien! Estaba colgando el teléfono, cuando la voz de la mujer me interrumpe. -¡Ah bueno! Hubo un tiroteo hace un rato y murieron una mamá y su hijo de dos años. Salimos a 120 kilómetros por horas hasta una clínica en San Félix. N

Mariposas negras

-Me gustaría quedarme colgada en tu oreja. Aquí, en esta que me gusta tanto. Toqué la oreja izquierda de Virginia. -¡Estás loca! -O enredarme en tus cabellos, en algunos de estos rizos. Trepar por ellos hasta encontrar tus pensamientos. ¿Estoy en ellos? -¿Te puedo dibujar el cuerpo Mawa? Quiero pintarte flores silvestres. -No, no. Tengo miedo que atraigan mariposas negras. -¡Qué dices! -Le tengo miedo a las mariposas negras. -¿Por qué? -Son de mala suerte, traen la maldad. Nunca me han gustado. -A mi si me gustan. -Cambia la música, no quiero escuchar Ely Guerra. -Escucha esta, es In a Manner of Speaking de Nouvelle Vogue. -Suena a quejido. -Mawa, esa canción soy yo. -Quiero escuchar Silvio Rodríguez. -No voy a poner a Silvio...¿te pinto las flores? -No, no. Van a llamar las mariposas negras. -Entonces me las pinto yo. -Virginia...te salen escarchas del cabello. -¡Estás loca! -Déjame tocarlo. -¡No me toques! Ahora no. -Te regalo mis fotos preferidas, te comparto

Abriendo cicatrices

Saqué de la maleta de mano una toalla para arroparme.  ¿A cuanto estaba el aire del autobús? ¿14 grados? ¿10 grados? No soportaba el frío y en la rapidez de mi viaje había olvidado meter una sabana. Me asomé por la ventana para encontrarme con una oscuridad que traspasaba el vidrio y me transmitía escalofríos que terminaban en llanto. Me toqué los labios con mis dedos helados. Palpitaban de dolor.  Sí, ocurrió. Horas atrás, pero no había sido un mal sueño. -¿Te puedes calmar Mawa? La voz de mi mamá era agitada, como toda la situación. Sostenía a mi hermano por el cabello mientras le daba golpes con la mano libre, él trataba de alejarme con manotazos inofensivos que caían en mi cuello, mi cara y en particular ese golpe en los labios. Escupí sangre. Todo duró apenas unos minutos, pero mi hermano terminó lleno de moretones que alejaron el motivo de nuestra verdadera pelea. Me sentaron a la fuerza.  -Todo esto es por lo que eres... -¿Vas a comenzar mamá? -¿Ustede

¡Hola Fidel Castro! (II)

Paul no era ningún "gringo". Era un suizo de 44 años, divorciado de una colombiana y padre de dos hijos. Pero su descripción más cercana no es esa. Paul era un hombre muy triste y tímido que estaba en Cuba buscando algo que lo espantara de la monotonía de su vida. Yo tenía 23 años menos que él, a pesar de esto o quizás por ese motivo, nos volvimos inseparables. Nos convertimos en unos locos extranjeros, curiosos de indagar en los límites de esa Cuba comunista tan atractiva para los dos. A su lado, nos topamos con una reunión de hombres gays, que fue dispersa por la policía nacional a insultos, empujones y golpes.  Los pocos que tuvieron la valentía de quedarse, fueron capturados con una sentencia por sodomía que los condenaba hasta con dos años de cárcel. En las noches, las esquinas de La Habana Vieja se llenaban de niñas buscando extranjeros para venderse por menos de 10 dólares. Su maquillaje apurado y la voz precoz no hacían juego con la seguridad que tení

Del patán y cómo le di un golpe a Ruddy Rodríguez.

Hace 13 años cuando me preguntaron por primera vez por qué quería estudiar comunicación social, en esas presentaciones típicas del primer semestre, contesté con ideal romántico. -Siempre me gustó leer y escribir. Era algo válido entre tantos compañeros que lo eligieron por simple descarte, porque querían ser modelos o actrices, o unos mantenidos con título. Hace unas horas me hicieron la misma pregunta y no dudé en responder. -Por masoquista. Mi mamá me había advertido con una claridad que da la experiencia, que esta profesión me iba a matar de hambre. Todavía no lo ha hecho, pero nadie me dijo lo difícil que iba a ser tratar con las personas, salir a la calle, buscar la información y balancear la objetividad con la subjetividad. Con casi dos años de diarismo, entrené mi olfato para detectar en los primeros segundos de conversación quien está fingiendo un sentimiento, pero sobre todo, detectar a los patanes. A esos que son amigos del dueño del medio o que están pagando un poco

Monólogo de amor.

-¿Sabes lo que es el amor Mawa? Solo tienes 15 años y quizás no lo entiendas, eres muy joven y temo cómo vas a reaccionar cuando lo sientas, porque todo lo tomas con pasión, para ti solo hay blancos y negros y el amor es difícil vivirlo así. Pero el amor es un sentimiento de ahogo, de querer estar con esa persona siempre, de sentirte incompleta si no la tienes ¿sabes lo que eso significa? Cuando todo acaba, es como si te faltara un brazo o una pierna, estás irremediablemente incompleta, vacía...condenada a estar sin una parte de tu cuerpo. Y vas por el mundo caminando, respirando sin una parte importante de ti, porque otra persona lo tiene...pero ya no estará, no habrá más. Pero todo pasa, más por costumbre que por otra cosa. Te acostumbras a ese vacío ¿serás completa otra vez? Lo serás. De alguna forma, serás. ¿Lo entiendes? Algún día te sentirás así, como me siento ahora yo...condenadamente incompleta.

Las citas.

Sofía y yo terminamos nuestra relación de siete años odiándonos. Hacíamos todo lo posible por sabotear una vida que ya no era común, -debo confesar- más yo que ella. Nos metíamos en una discusión interminable sobre quien se quedaba con qué libro, que llegaba a rayar el absurdo. -Este libro de Ernest Hemingway es mío. -Mawa, ¡Me lo regalaste! -¡Me importa un coño! Es mío. No ayudaba que compartíamos el mismo trabajo, en una oficina de publicidad en Maracay. Hablábamos lo básico ante los jefes, pero la situación cambiaba cuando estábamos solas. Estallábamos en reclamos pasados que agudizaba una situación incómoda para las dos y nuestros compañeros. Me mudé sola por primera vez en ocho años y deseaba comerme al mundo. Para mí, era una consecuencia lógica de no tener experiencia con ninguna otra mujer. Sofía había sido mi primera vez en todo. Llamé a un amigo. -Quiero que me presentes a todas las amigas buenas que tengas. -No tengo muchas. -Bueno...me da lo mis

¡Hola Fidel Castro!

Carolina y yo llegamos a La Habana un 10 de diciembre de 1999. Era la primera vez que salía de Venezuela, pero Carolina ya había visitado Cuba en dos oportunidades. Carolina era una compañera de universidad, quien me había vendido la idea del viaje como un maná de experiencias incalculables. -Mawa, en cada esquina se puede tomar una buena puta foto. Como se imaginan, ella era fotógrafa, pero yo de cámaras no entendía nada, igual capté su punto. Las dos íbamos por motivos diferentes: yo quería disfrutar del Festival de Cine en La Habana, y Carolina iba en la búsqueda de un amor imposible. Se había enamorado de un trovador de esquina, un tipo que la había conquistado con sus canciones plagadas de libertad, en un país arrinconado por la censura. Javier "El trovador", nos esperaba recostado en el carro de un amigo -un ford de 1956- todo un lujo en la isla, donde obtener gasolina requería habilidades sutiles de contrabando. Una muestra de amor, o eso interpretó Carolina.

Cazadora de muertos

Vomité del asco detrás del carro de otro periódico rival. Eran las siete de la noche y estaba metida en el cementerio de San Félix. Ni siquiera sabía que hacía allí, observando como sacaban un hombre hinchado y pudriéndose. Los policías quienes vigilaban todo el proceso de cortar la ropa del muerto, no tenían la información completa y no nos dejaron tomar fotos. Me fui al periódico asqueada y derrotada. Mi guardia se había extendido pero era muy probable que no me la pagaran, tampoco me daban los días de descanso que contemplaba la ley. Trabajábamos en ese periódico en el límite de la ilegalidad. Debe ser por eso que en los ocho meses que hice diarismo allí, vi irse a 21 personas. Otra compañera y yo los anotábamos en una libreta. Como éramos tan pocos mis jefes me dieron la responsabilidad de hacer las dos fuentes más difíciles: laboral los días de semana y sábados y domingos sucesos. Hacer sucesos es la escala más alta y más baja del periodismo. Es lo que más se lee, por eso

El mejor consejo

Pedí otra cerveza para acompañarla con el cigarro, evitando la mirada de Sofía. Sus ojos me escrutaban con preocupación y yo no podía verla a la cara. -Mawa tienes una capacidad de autodestruirte increíble. Sofía era una experta en eso de conocerme. Habíamos pasado juntas tantas cosas en casi siete años de relación y ahora éramos mejores amigas, incondicionales confidentes y mi paño de lágrimas. -Mírame. Siempre ha tenido el olfato preciso para medir mis reacciones antes que pasaran. Rosana su pareja de dos años se mantenía callada escuchando el regaño. -¿Sabes lo valiosa que eres y estás saliendo con alguien como Virginia? ¿Sabes que eres valiosa no? -Lo sé Contesté en un suspiro. -¿Entonces por qué sigues? Me había hecho esa pregunta tantas veces que no tenía una respuesta lógica. Evitaba confiarle a Sofía mis penas porque sabía que me iba a tropezar con esa mirada que me torturaba. Por eso no tocaba el tema de Virginia, pero a la quinta cerveza empecé a llorar sin expli

Nueve meses de embarazo.

-Creo que estoy embarazada. -¿Me estás jodiendo?. Pausa -¿No? No. Virginia no tenía cara de estar jugando. Estábamos sentadas en un café frente al Teatro de la Ópera en Maracay. Una onda de hielo me recorrió todo el cuerpo, ¿o era el viento de las nueve de la noche? Ella me miraba sin pestañear. -¿Qué vamos a hacer? Mi mente recorrió en pocos segundos kilómetros de insultos, respuestas irónicas, huidas imaginarias, decepción, despechos, para solo contestar. -No sé. -Te lo tenía que decir. -Aprecio el gesto. Primera ironía. No habíamos cumplido ni dos meses de estar saliendo y ya habíamos traspasado la barrera invisible de las peleas y despedidas que terminaban en reconciliación. Sabía que tenía novio, pero el golpe no lo vi venir. -¿Qué vamos a hacer? -No sé, ¿empezamos a comprar los pañales? Segunda ironía. -No sé Mawa, es que me siento que no sé si confiar en ti....puedes estar saliendo con otras personas. -¡Qué arrecha eres Virginia! Primer insulto. -¿La culpa

El regreso

Me miré por segunda vez en el espejo del baño. No podía creer que era esa mujer con los ojos rojos, el cabello despeinado y sucio, los labios hinchados de tanto morderlos por la desesperación. Levanté la tapa de la poceta y vomité mis ganas de vivir por segunda vez. Eran las once de la mañana y estaba borracha. Me encogí en una esquina de la ducha, con un dolor que me subía desde la boca del estómago, recorría mis venas hasta estallar en mi cabeza. Intenté respirar, pero el ambiente apestaba a cigarro. Literalmente quería destruirme, caer hondo en el pozo de críticas, reclamos y culpas. Mancillar mis venas con golpes a puño cerrado que paralizaran mi respiración. No pensar Pensar no ¡No! Di una bocana de aire que se transformó en un llanto desesperado. Me levanté como pude con la intención de comprar más cerveza, tenía hasta las cuatro de la tarde para beber. A esa hora ella llegaba y no quería que me encontrara así. Derrotada. Herida. Tenía mi técnica para que Alejandra

Recuerdos dolorosos

La última entrada de este blog me dejó agotada. Después de escribirlo, antes de pulsar el botón de publicar, tuve un momento de duda. ¿Era necesario compartir esto? ¿Por qué lo hago? ¿A qué me expongo? Normalmente nunca pienso en las consecuencias. Actúo por instinto, con el impulso de la pasión. Me detenía un comentario que todavía me deja un mal sabor en la boca. Le había confiado a una persona equivocada, esa escena. En ese momento me mostró todo el apoyo. Pero tiempo después, hizo un comentario público que me paralizó del asco. "Al menos mi mamá me quiere, cosas que no pueden decir otras". Cambié de idea gracias a un encuentro gratificante. Alguien se me acercó para confesarme que se veía reflejado en lo que escribía. Se refería a las peleas entre mis papás en la entrada "El día más duro". Dejé que hablara todo lo que tenía atorado durante años y al final coincidimos en que no estamos solos. Al compartir lo que nos pasa, lo que nos parecía una gran

Mi confesión

-Eres una enferma. Esos ojos duros, fijos en mí. -Una enferma. Soy una mala madre. -No lo eres. -¿Desde cuándo lo sabes? -Desde siempre mamá. -¿Por qué no me lo dijiste? -Sabía que no lo ibas a entender... Su llanto ahogado. -Te voy a mandar a un psicólogo, eso se quita. -Hazlo, pero vas a perder tu dinero. -¿Qué hice de malo? Dime. Un grito convertido en quejido. -No hiciste nada malo mamá. -Claro que sí. No eres normal, eso...esto... Me señalaba con rabia. -Esto...tú....no eres normal. -Si soy normal. Lo que siento no tiene nada de malo. -¿Has estado con un hombre? -No. -Entonces tienes remedio... -No mamá, eso no tiene nada que ver. -¡CLARO QUE SI! -Mamá tienes que aceptar que soy... -No digas la palabra, que me da asco. Me das asco. Tragué las lágrimas. -Eso no lo permite Dios. -¿Desde cuándo crees en Dios? Intento de cachetada. -Voy a llamar a sus padres. -Hazlo. Nos unirás más. -¿Ellos lo saben? -No. -Les voy a decir...les voy a decir que ella te

La loca de la casa

Me aferraba a la pierna de mi mamá bañada en llanto. Era una escena que se repetía todos los lunes en la madrugada, cuando se preparaba para salir de Ciudad Bolívar a Puerto Ordaz donde estudiaba ingeniería. A los seis años no sabía eso. Solo entendía que me dejaba sola con mi abuela y que no me visitaría hasta el viernes siguiente. Tiempo después mi mamá me confesó que se iba caminando a la parada del bus, con el corazón arrugado por la tristeza. Mi abuela me conocía. Me despegaba de la pierna de mi mamá con todas sus fuerzas y me ofrecía mis galletas favoritas, mojadas en café con leche. Santo remedio. Me calmaba con esa facilidad que tienen los niños de olvidar las tristezas y los problemas con pequeños detalles. Criarme con mi abuela fue explorar un mundo donde era una salvaje. Salía descalza a la calle a jugar pelotica de goma con los muchachos, me escapaba para bañarme en la lluvia y en las tardes me trepaba en una mata de guayaba que daba al techo de la casa. Allí me

¿Dónde nace la homofobia?

Hay una diferencia importante entre ser gay y un homofóbico. El primero no elige serlo, el segundo lo adquiere en una decisión consciente de rabia y odio. He notado que los homofóbicos ni siquiera se sienten como unos. Para ellos, sus pensamientos son parte de una "verdad universal". Ante una realidad que desconocen, dejan escapar comentarios radicales, comparaciones exageradas y sentencias cercanas al nazismo. El gay debe mantener una imagen de perfección: esos se salvarán. Pero para los homofóbicos son pocos. Los demás, esos que al final cometen las mismas equivocaciones que los heterosexuales, no tienen derecho a nada. Cada vez estoy más segura, que un homófobico radical es un gay reprimido, marcado por una especie de rencor. Es una manera de explicar tanto veneno desatado. Por eso los homofóbicos, lo que me inspiran es más lástima que otra cosa. Mientras la sociedad avanza a un reconocimiento entre todos los seres humanos, ellos se van quedado atrás, como rémoras

Virginia, la feminista.

Virgina llegó a mi vida para darme cuenta que las situaciones pueden ir de mal en peor. Ella me debe disculpar por dos cosas: que utilice su verdadero nombre y que le dedique varios capítulos de mi blog. Pero Virginia no tiene pérdida.  No creo que alguna vez lea esto -y si lo hace- estoy segura que se sentaría con un pote de helado, a disfrutar con esta especie de "tributo". En nuestra breve relación perdí cinco kilos, la paciencia y lo más importante...mi amor propio. Mis amigas le decían Dementor, por aquel personaje de Harry Potter. Me chupaba mis energías, las ganas de vivir y trabajar. Recuerdo que me mantenía pegada al celular esperando alguno de sus mensajes, pero siempre caían en lo mismo. "No voy a poder verte. Me siento...y aquí podían escribir "mal, deprimida, sola, cansada, obstinada, bla, bla, bla". Porque Virginia sufría de unas depresiones que le duraban una semana.  Era lógico. Virginia era actriz de teatro. Eso fue lo que

Mónica Naranjo y él

En la universidad había formado un grupo muy unido. Mi mamá me pagaba en Maracay un apartamento con tres habitaciones para mi sola. Organizaba fiestas de martes en domingos. Los lunes eran para estudiar y descansar del exceso. Era raro cuando estaban menos de diez personas en el apartamento. Era el sitio para hablar y formar unas reuniones monumentales que terminaban a eso de las siete de la mañana. Los vecinos lógicamente me odiaban. Estaba nueva en la ciudad y soltera. En las mismas condiciones que mis amigos. En Maracay no sentía la presión de estar con alguien para aparentar...lo contrario. Todos eramos almas libres, sin ataduras, pendientes de las bromas, quejarnos del mundo, con el único propósito de ser felices. Nadie quería estar atado a nada o a nadie. El que lo hacía, era condenado por el grupo. Cris, una de mis mejores amigas llegó una noche con la noticia. -Tengo novio. Nos alegramos. Pero en el fondo pensamos que el grupo se rompía. Llegaba un intruso a quitarn

Juegos peligrosos

La botellita. No existe algo tan infame en el mundo como ese juego entre varias personas, quienes hacen una rueda con la única excusa de darse un beso sin remordimientos, con el que te gustaba. En el liceo, era una fija que alguien saliera con la genial idea de utilizar una botella y dejar que el destino te enviara a ese acto público de escoger entre una confesión o un hecho. Siempre me iba por la confesión. Ni me interesaba, ni quería besarme con alguno de los muchachos. Además...¿Qué tanto podía confesar alguien de 16 años? -Mawa...¿si pudieras besarte con alguno de aquí con quién lo harías? ¡Coño! Gritaba mi mente. Omar había quedado en el pasado unos meses atrás, y solo deseaba que me dejaran tranquila con el tema. Pero mis amigas insistían. Miré a mi alrededor y seleccioné a Jorge, uno de los muchachos que apenas conocía. Un nerd en toda su extensión, tímido, que se ponía nervioso al hablarme. Supuse que le daría lo mismo si lo nombrara o no. Otra ronda y la botella m

La cuaima

-¡Qué pelotuda sos! Ana cambió el tono de voz, lo sabía. Se lo tenía medido en casi un año de relación. Había algo diferente en ella, un ligero temblor en los labios, sus ojos buscaban apartarse de los míos. Estaba frente a ella, con su celular en mi mano. Había aprovechado el momento que se metió a bañar, para agarrarlo y buscar alguna prueba. La noche anterior, su teléfono -siempre en silencio- apuntaba llamadas perdidas de una Gabriela. Como buena mujer me había aprendido los nombres completos de sus amigas, relaciones pasadas, sus estados civiles, preferencias sexuales y ubicación geográfica. La tal Gabriela no me sonaba. No es algo de cuaima, y perdonen el inciso. Ese mito debe acabar. Sabemos por educación primaria que estamos hechas para una relación con el hombre y que este jamás es fiel. -Los hombres son así. Los excusaba mi abuela, como una manera de prevenirme por molestias futuras. En la relación entre dos mujeres nada cambia. Solo, que en vez de una cuaima, hay

Cuentos crudos

Los periodistas somos terribles y me incluyo en esta fauna de personas que salen a la calle todos los días. Pero hay que admitir que el diarismo nos hace así. Todos los días manejamos un cúmulo de información que nos abruma. Ganamos patéticamente mal, trabajamos más horas, hacemos guardias nocturnas y nos calamos reclamos, gritos y palmaditas en la espaldas. Porque si no tenemos un buen sueldo, el reconocimiento sirve como un bono. Hay fuentes -esas personas que nos proveen información- que nos tratan como unos sirvientes. Y otros, que nos abren la puerta de la adulación y el jalabolismo infinito. Hasta que ven la nota en el periódico al día siguiente. En el periodismo, el tamaño si importa. (y en la vida real también) Si no salen lo suficientemente grandes en el periódico, somos pocos éticos. Si salen en primera, y con las palabras que ellos quieren, somos los periodistas más arrechos del mundo. Si queremos complacer a alguien estamos jodidos. Ha pasado que en alguna oportu