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Mostrando entradas de diciembre, 2014

Manual del periodismo hipócrita

A todas las personas les gusta confesarse. Aún al más duro, a los que rehuyen a un par de preguntas, a esos que ven un periodista y ponen cara de estar frente a una plaga. A esos más que a nadie les gusta hablar. Toman una actitud de cerrado hermetismo y te retan con la mirada, te observan de arriba a abajo midiendo cada gesto. Ellos construyen un camino minado y si das un paso en falso, saltan de la silla ofendidos. Pero pasa, y pasa con todos, que nos gusta que nos escuchen, nos gusta sentirnos comprendidos, nos gusta que nos den la razón y ¿por qué no? Nos gusta sentir que somos importantes. Todos tenemos un ego, solo que en diferentes dimensiones. En ese momento el periodista hace su trabajo. Lo importante no es el lápiz o papel o la grabadora, la herramienta indispensable es la paciencia. Esperar, escuchar y esperar. Esperar a preguntar lo que quieres saber, no lo que el entrevistado te quiere decir. Es muy fácil contar las victorias, otro caso son las derrotas. Y mien

Celópatas anónimas

-Yo ya me curé, ya no hago eso. Yo antes a mi novio le revisaba todos los días el teléfono, ahora no. Dice una amiga fumando un cigarro tras otro, como una de esas personas que salen limpios después de cumplir todos los pasos de Alcohólicos Anónimos. No sé si es una mala costumbre, pero cuando conozco a alguien, una de las primeras cosas que le pregunto es si es celosa. -Un poquito. -Lo normal. Después me entero que lo "normal" es un interrogatorio que dejaría pálido al FBI. -¿Y por qué estás conectada al whatsapp y no me escribes? -¿Con quién hablas? -¿Quién es esa que te escribió? -¿A qué hora vas a llegar a tu casa? -¿Por qué llegaste a esa hora si me dijiste otra? -Te llamé y no me atendiste al segundo repique ¿qué hacías? -¿Por qué el teléfono está en vibración? -¿Y por qué ella te saluda con un beso? No es que tengan algo concreto en la mano, es que tiran a pegar algo que consideran verdad o al menos dejar una advertencia. -¡Qué yo no me entere que le hag

Yo le tiré un sostén a Ricardo Arjona

Forjar una imagen de oveja negra en la adolescencia no es tan complicado. De por sí, tener quince años es una tragedia de hormonas y rebelión hasta en la forma en que desayunas. Mantengo una premisa infalible, si no expulsaste toda esa química de inconformidad  y odio en la primera etapa de tu vida, si fuiste la persona que tu madre ponía como ejemplo, en algún momento estallarás y hacerlo de adulto es más doloroso. Mi mamá decidió, según su presupuesto, inscribirme en "La Ratonera", un liceo que albergaba los próximos antisociales del país. Las instalaciones eran tan pésimas, que un día cerramos con llave los salones porque el agua de las pocetas circulaban libres por el patio de recreo. Las clases se cancelaban por el mínimo percance, los profesores tenían miedo de nuestras acciones y si alguno de nosotros alzaba la voz, nuestros educadores agarraban sus carros y se iban a sus casas. ¿Qué hacíamos en esos tiempos muertos? Los chicos tomaban y bebían en la cancha múlt