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Mostrando entradas de 2020

Una señal del destino (I)

Les juro que si canta una vez más empezaré a gritar. Puedo jurar, que si llega a acercarse un poco más para besarme como es su intención, o para tocarme como señalan sus ganas, voy a fingir un desmayo.  Les puedo jurar que yo jamás alenté, propicié, animé, avivé -ustedes busquen los sinónimos que quieran- pero jamás hice algo para estar en esta situación tan bochornosa, atrapada en el cubículo de un baño público sin poder moverme, mientras la hermana de una compañera de trabajo me tiene acorralada dedicándome una canción. - Yo no me doy por vencida ...te recuerdo que tu hermana y mi novia están afuera...y o quiero un mundo contigo ...y estamos tardando mucho... juro que vale la pena ...juro que voy a gritar si no me dejas salir de acá... esperar, esperar y esperar un suspiro ... (Suspiro) La cantante aficionada se llama Julia, pero yo le digo Selma porque es la copia exacta de la hermana de Marge Simpson.  A Selma no parece importarle que fuera de este baño fétido y con poc

Olor a macho

No recuerdo cómo la conocí. Pero lo más seguro es haberme tropezado con su perfil en Badoo. Badoo, esa red social para citas bautizada por mí en algún momento como "el museo del horror", por la cantidad de gente desesperada, insana y ninfómana, aglomerada en un solo espacio virtual. No crean que me estoy escapando de mis responsabilidades, si estuve allí, tan cuerda no estaba. Si mi memoria no falla, pude conectar con tres mujeres. Una de ellas fue la peor cita de mi vida: me invitó a casa de sus amigos para darle celos a su ex. Con la segunda tuve una relación no mayor de cinco meses que no llegó a buen término, porque nunca encontramos temas comunes de conversación. Pero la tercera, la tercera parecía diferente. Era una chica diez años menor que yo, con negocio, casa y carro propio. Cuando me comentó que era independiente a los 25 años de edad, no le creí ni un poco. Estaba acostumbrada a los perfiles falsos creados en las redes sociales, las mujeres que se quitab

Resarcimiento de daños (y II)

-¿Quieres que hablemos aquí Mawa? ¿O en otro sitio? Las dos preguntas sonaban amenazantes. Era como si me diera a elegir el lugar de mi asesinato: o esta plaza cerca de mi casa, o algún otro paradero donde nadie pudiera escuchar mis gritos de autodefensa. Porque me iba a defender. Creo. -Da igual David. Él agarra una inmensa cantidad de aire, y llena sus pulmones con una determinación cargada de palabras hirientes producto de heridas mal curadas. Y lo suelta. -¡Eres una puta egoísta! El inicio de este combate le anota dos golpes en uno. Por unos segundos recordé un hecho muy extraño, una comparación tragicómica. David y yo pasábamos mucho tiempo jugando Mortal Kombat en mi casa. Su personaje eterno era Liu Kang y el mío Kitana. Podíamos durar hasta la madrugada intentando matarnos uno al otro en ese juego de Nintendo, hasta que se acababa la diversión porque David siempre me ganaba. Pero hoy, esto no es un juego, no podía apagar la consola. -¡Una egoísta de mierda! Solo er