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La partida

La vida te sostenía cada diez segundos, exactos. Ese era el tiempo que te llevaba tomar una bocanada de aire.
Diez segundos, silencio, espera y otro suspiro.
Eran las once de la mañana de un domingo de agosto, lluvioso y oscuro y yo te sostenía la mano, mentira, te apretaba la mano para que te aferraras a algo. ¿O era yo que me aferraba a ti?
La gente pasaba por la habitación de la clínica, tocaba tu frente ardiendo y se iba con el miedo en la boca.
El final estaba cerca y no querían verme y verte a la cara cuando ocurriera.
Mi hermano mayor te agarraba de un lado y yo de otro.
Tus suspiros se convirtieron en pulsaciones de dolor, mientras te calmaba con palabras tiernas, con recuerdos borrosos, con perdones tardíos, con promesas por cumplir.
-Papá ¿te acuerdas cuando me leías tus obras de teatro? Te metías en los personajes y lo practicabas frente a mí.
Punzada de dolor y el silencio.
-¿Recuerdas cuando me hacías unas colas en el cabello para ir a la escuela?
Silencio, espasmos dolor.
La morfina ya no te calmaba, había hecho su trabajo de acercarte al precipicio de la muerte. Lo que venía ahora, lo que estaba ocurriendo, era el empujón para tu partida.
Un suspiro se prolongó más que cualquier otro.
Pegué mi boca a tu oído.
-Papá te me vas y no puedo hacer nada. Lo último que quiero decir es que te quiero mucho, que dejo atrás todo lo malo, que me quedo con los buenos recuerdos, con las canciones de cuna, con tu amor al arte, con tus ganas de enseñar, me quedo con eso. Es tarde para decirlo pero te amo.
Di besos rápidos en tu frente, te miré a esos ojos que nunca más me miraron
En ese momento lloraste,  lágrimas en el último largo suspiro, después de eso quedó el silencio.
Silencio.


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