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Ante el altar

-Padre confieso que he pecado. En obra, pensamiento y acción.
-¿Estás aquí por qué así lo deseas?
-Sí Padre.
-¿Crees en Dios?
-Nunca he creído en Dios.
-¿Qué te hace venir ante mí?
-La culpa.
-¿Cuál?
-La de no arrepentirme de nada.
-Y si eso es así, si no crees si no quieres arrepentirte ¿en qué puedo ayudar?
-En escucharme Padre.
-¿Qué quieres confesar?
-Desde pequeña me dijeron que la religión era una droga para el pueblo, que los templos se construyeron en base a la guerra, a la muerte, ¿es verdad?
-Estas iglesias las levantó la fe y la creencia.
-Eso Padre, yo quiero creer.
-Si no abres tu corazón a Dios nunca lo harás.
-¿El me recibirá a pesar de mis pecados?
-Sólo si te arrepientes de ellos.
-No me arrepiento de amar a una mujer.
-¿Quieres entrar al Reino de los Cielos?
-Sí Padre.
-Debes saber que eso está mal, que es contra las leyes divinas.
-Él me hizo así.
-Eso es imposible.
-Es posible Padre. Lo sé, yo no lo decidí, esto me decidió.
-Puedes cambiarlo...
-¿Cómo? ¿Podemos hacer que el mar sea dulce? ¿Qué el sol nos de calor? ¿Podemos cambiar que los hombres y mujeres, todos, sean honestos?
-Tú tomaste ese camino.
-No Padre. Sólo había uno y este me guió.
-¿Eres feliz?
-Sí.
-No está en escrito que deba ser así.
-Me encargaré de escribirlo.
-¿Acaso no tienes un poco de remordimiento?
-Por mi familia, sí.
-¿Por ellos no cambiarías?
-Lo he pensado.
-Entonces, toma esta mano y di que te arrepientes.
-No Padre. No me arrepiento.

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