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Mostrando entradas de abril, 2013

Recuerdos dolorosos

La última entrada de este blog me dejó agotada. Después de escribirlo, antes de pulsar el botón de publicar, tuve un momento de duda. ¿Era necesario compartir esto? ¿Por qué lo hago? ¿A qué me expongo? Normalmente nunca pienso en las consecuencias. Actúo por instinto, con el impulso de la pasión. Me detenía un comentario que todavía me deja un mal sabor en la boca. Le había confiado a una persona equivocada, esa escena. En ese momento me mostró todo el apoyo. Pero tiempo después, hizo un comentario público que me paralizó del asco. "Al menos mi mamá me quiere, cosas que no pueden decir otras". Cambié de idea gracias a un encuentro gratificante. Alguien se me acercó para confesarme que se veía reflejado en lo que escribía. Se refería a las peleas entre mis papás en la entrada "El día más duro". Dejé que hablara todo lo que tenía atorado durante años y al final coincidimos en que no estamos solos. Al compartir lo que nos pasa, lo que nos parecía una gran

Mi confesión

-Eres una enferma. Esos ojos duros, fijos en mí. -Una enferma. Soy una mala madre. -No lo eres. -¿Desde cuándo lo sabes? -Desde siempre mamá. -¿Por qué no me lo dijiste? -Sabía que no lo ibas a entender... Su llanto ahogado. -Te voy a mandar a un psicólogo, eso se quita. -Hazlo, pero vas a perder tu dinero. -¿Qué hice de malo? Dime. Un grito convertido en quejido. -No hiciste nada malo mamá. -Claro que sí. No eres normal, eso...esto... Me señalaba con rabia. -Esto...tú....no eres normal. -Si soy normal. Lo que siento no tiene nada de malo. -¿Has estado con un hombre? -No. -Entonces tienes remedio... -No mamá, eso no tiene nada que ver. -¡CLARO QUE SI! -Mamá tienes que aceptar que soy... -No digas la palabra, que me da asco. Me das asco. Tragué las lágrimas. -Eso no lo permite Dios. -¿Desde cuándo crees en Dios? Intento de cachetada. -Voy a llamar a sus padres. -Hazlo. Nos unirás más. -¿Ellos lo saben? -No. -Les voy a decir...les voy a decir que ella te

La loca de la casa

Me aferraba a la pierna de mi mamá bañada en llanto. Era una escena que se repetía todos los lunes en la madrugada, cuando se preparaba para salir de Ciudad Bolívar a Puerto Ordaz donde estudiaba ingeniería. A los seis años no sabía eso. Solo entendía que me dejaba sola con mi abuela y que no me visitaría hasta el viernes siguiente. Tiempo después mi mamá me confesó que se iba caminando a la parada del bus, con el corazón arrugado por la tristeza. Mi abuela me conocía. Me despegaba de la pierna de mi mamá con todas sus fuerzas y me ofrecía mis galletas favoritas, mojadas en café con leche. Santo remedio. Me calmaba con esa facilidad que tienen los niños de olvidar las tristezas y los problemas con pequeños detalles. Criarme con mi abuela fue explorar un mundo donde era una salvaje. Salía descalza a la calle a jugar pelotica de goma con los muchachos, me escapaba para bañarme en la lluvia y en las tardes me trepaba en una mata de guayaba que daba al techo de la casa. Allí me

¿Dónde nace la homofobia?

Hay una diferencia importante entre ser gay y un homofóbico. El primero no elige serlo, el segundo lo adquiere en una decisión consciente de rabia y odio. He notado que los homofóbicos ni siquiera se sienten como unos. Para ellos, sus pensamientos son parte de una "verdad universal". Ante una realidad que desconocen, dejan escapar comentarios radicales, comparaciones exageradas y sentencias cercanas al nazismo. El gay debe mantener una imagen de perfección: esos se salvarán. Pero para los homofóbicos son pocos. Los demás, esos que al final cometen las mismas equivocaciones que los heterosexuales, no tienen derecho a nada. Cada vez estoy más segura, que un homófobico radical es un gay reprimido, marcado por una especie de rencor. Es una manera de explicar tanto veneno desatado. Por eso los homofóbicos, lo que me inspiran es más lástima que otra cosa. Mientras la sociedad avanza a un reconocimiento entre todos los seres humanos, ellos se van quedado atrás, como rémoras

Virginia, la feminista.

Virgina llegó a mi vida para darme cuenta que las situaciones pueden ir de mal en peor. Ella me debe disculpar por dos cosas: que utilice su verdadero nombre y que le dedique varios capítulos de mi blog. Pero Virginia no tiene pérdida.  No creo que alguna vez lea esto -y si lo hace- estoy segura que se sentaría con un pote de helado, a disfrutar con esta especie de "tributo". En nuestra breve relación perdí cinco kilos, la paciencia y lo más importante...mi amor propio. Mis amigas le decían Dementor, por aquel personaje de Harry Potter. Me chupaba mis energías, las ganas de vivir y trabajar. Recuerdo que me mantenía pegada al celular esperando alguno de sus mensajes, pero siempre caían en lo mismo. "No voy a poder verte. Me siento...y aquí podían escribir "mal, deprimida, sola, cansada, obstinada, bla, bla, bla". Porque Virginia sufría de unas depresiones que le duraban una semana.  Era lógico. Virginia era actriz de teatro. Eso fue lo que

Mónica Naranjo y él

En la universidad había formado un grupo muy unido. Mi mamá me pagaba en Maracay un apartamento con tres habitaciones para mi sola. Organizaba fiestas de martes en domingos. Los lunes eran para estudiar y descansar del exceso. Era raro cuando estaban menos de diez personas en el apartamento. Era el sitio para hablar y formar unas reuniones monumentales que terminaban a eso de las siete de la mañana. Los vecinos lógicamente me odiaban. Estaba nueva en la ciudad y soltera. En las mismas condiciones que mis amigos. En Maracay no sentía la presión de estar con alguien para aparentar...lo contrario. Todos eramos almas libres, sin ataduras, pendientes de las bromas, quejarnos del mundo, con el único propósito de ser felices. Nadie quería estar atado a nada o a nadie. El que lo hacía, era condenado por el grupo. Cris, una de mis mejores amigas llegó una noche con la noticia. -Tengo novio. Nos alegramos. Pero en el fondo pensamos que el grupo se rompía. Llegaba un intruso a quitarn

Juegos peligrosos

La botellita. No existe algo tan infame en el mundo como ese juego entre varias personas, quienes hacen una rueda con la única excusa de darse un beso sin remordimientos, con el que te gustaba. En el liceo, era una fija que alguien saliera con la genial idea de utilizar una botella y dejar que el destino te enviara a ese acto público de escoger entre una confesión o un hecho. Siempre me iba por la confesión. Ni me interesaba, ni quería besarme con alguno de los muchachos. Además...¿Qué tanto podía confesar alguien de 16 años? -Mawa...¿si pudieras besarte con alguno de aquí con quién lo harías? ¡Coño! Gritaba mi mente. Omar había quedado en el pasado unos meses atrás, y solo deseaba que me dejaran tranquila con el tema. Pero mis amigas insistían. Miré a mi alrededor y seleccioné a Jorge, uno de los muchachos que apenas conocía. Un nerd en toda su extensión, tímido, que se ponía nervioso al hablarme. Supuse que le daría lo mismo si lo nombrara o no. Otra ronda y la botella m

La cuaima

-¡Qué pelotuda sos! Ana cambió el tono de voz, lo sabía. Se lo tenía medido en casi un año de relación. Había algo diferente en ella, un ligero temblor en los labios, sus ojos buscaban apartarse de los míos. Estaba frente a ella, con su celular en mi mano. Había aprovechado el momento que se metió a bañar, para agarrarlo y buscar alguna prueba. La noche anterior, su teléfono -siempre en silencio- apuntaba llamadas perdidas de una Gabriela. Como buena mujer me había aprendido los nombres completos de sus amigas, relaciones pasadas, sus estados civiles, preferencias sexuales y ubicación geográfica. La tal Gabriela no me sonaba. No es algo de cuaima, y perdonen el inciso. Ese mito debe acabar. Sabemos por educación primaria que estamos hechas para una relación con el hombre y que este jamás es fiel. -Los hombres son así. Los excusaba mi abuela, como una manera de prevenirme por molestias futuras. En la relación entre dos mujeres nada cambia. Solo, que en vez de una cuaima, hay

Cuentos crudos

Los periodistas somos terribles y me incluyo en esta fauna de personas que salen a la calle todos los días. Pero hay que admitir que el diarismo nos hace así. Todos los días manejamos un cúmulo de información que nos abruma. Ganamos patéticamente mal, trabajamos más horas, hacemos guardias nocturnas y nos calamos reclamos, gritos y palmaditas en la espaldas. Porque si no tenemos un buen sueldo, el reconocimiento sirve como un bono. Hay fuentes -esas personas que nos proveen información- que nos tratan como unos sirvientes. Y otros, que nos abren la puerta de la adulación y el jalabolismo infinito. Hasta que ven la nota en el periódico al día siguiente. En el periodismo, el tamaño si importa. (y en la vida real también) Si no salen lo suficientemente grandes en el periódico, somos pocos éticos. Si salen en primera, y con las palabras que ellos quieren, somos los periodistas más arrechos del mundo. Si queremos complacer a alguien estamos jodidos. Ha pasado que en alguna oportu

El día más duro.

Me dio un manotazo y terminé pegada a la puerta. La sala era un desastre. Los muebles en el medio, una de sus pinturas estrellada contra el suelo, su ropa regada por todas partes. Eran las dos de la mañana. Los gritos me habían despertado pero no le di importancia. Era una rutina a la que me había acostumbrado. Pero los insultos aumentaban. Traté de dormir con lágrimas en los ojos, rogando que fuera una pesadilla. Unos golpes secos me hicieron abrir la puerta. Mi papá le daba patadas a una maleta con su ropa. -¡Dejen dormir! Fue lo más ilógico que se me ocurrió decir, en una escena que ya se repetía todos los días. -¡No te metas! Mi mamá estaba encerrada en su cuarto, evitando un mal mayor. Mi papá entró a mi cuarto, cargó a mi hermano menor de dos años y amenazó con llevarlo si lo botaban. Mi hermano todavía en piyamas, empezó a llorar sin entender la situación. Mi mamá salió del cuarto aterrorizada. Lo haló por la camisa, tratando sin éxito de impedirle que se fuera.

La forma de acabar una amistad

La mesa redonda de amigas. Yo en el medio. -Creo que no has encontrado el hombre que te haya dado bien duro. -No es eso. -Quizás una mala experiencia... -Tampoco. -¿Pero nunca has...? -No -Te falta es...estar con un hombre... -No creo. -No puedes decir que no te gusta si no lo has probado... -No hace falta. -Tienes que probarlo, no puede decir que no te gusta. -Deberías acostarte con una mujer para ver si te gusta...no lo has probado. -¡Asco! -¿Ves? Silencio. -No te ves como una... -¿Cómo debería verme? -Vestirte como un hombre, por ejemplo. -Son etiquetas, no todas se visten como un macho. -Es una etapa. Estás confundida. -¿Te ha pasado? -¡CLARO QUE NO! -¿Entonces? -Debe ser porque no te criaste con tu papá... -Golpe bajo. -Pero es una posibilidad... -Tus papás están divorciados también, quiere decir que tú... -¡CLARO QUE NO! Silencio. -Pero te hemos conocido novios. -Traté. -¿Pero te gustaba no? -No estaba mal, pero... -¡Ves! No todo está perdido, si

Omar y su final.

Los besos con Omar no estaban mal, pero la situación se estaba tornando peligrosa. Odiaba quedarme sola con él, porque se convertía en un pulpo. Mis amigas pensaban que me hacían un favor cuando se apartaban discretamente. Las veía alejarse con una expresión de terror. Una negativa era un síntoma de que algo andaba mal, y eso era lo que deseaba evitar. Luchaba por verme "normal", con un novio que me representara y comportarme a la altura de la situación. Pero esta me superaba. Delante de todos, era la novia más cariñosa del mundo, pero al estar los dos solos, ponía mil excusas. Me pidió una prueba de amor; una forma muy sutil de decirme que quería acostarse conmigo. Ahora entiendo al pobre Omar, tenía por su lado la presión de sus amigotes quienes se habían acostados con sus novias, o al menos eso era lo que simulaban. Para él, tenía la menstruación 28 días al mes. Los otros que sobraban, me dolía la cabeza. Después de un tiempo, no pude aferrarme a nada y le lancé d

La vergüenza

Nunca pude entender a mi papá. A veces pasaba largos periodos en la casa, me peinaba para ir al colegio, hacia la comida, mientras mi mamá se dedicaba a trabajar. En otros momentos se perdía por meses y no sabía nada de él. No tenía idea a que se dedicaba, pero intuía que era algo divertido. En la esquina de la casa, reposaba un baúl que le pertenecía. De allí sacaba títeres, papagayos y telas multicolores que manejaba con la facilidad de un maestro. Tambien guardaba con celo una caja de colores y maquillaje, le costaba mucho comprarlos. El se disfrazaba para mis hermanos y para mi, y nos representaba algún personaje hasta que nos doblábamos de la risa. En las tardes se sentaba sin descanso a escribir obras de teatro. Se paraba de un golpe a leerlas con una entonación desconocida, metido en los personajes que se inventaba. Pero la familia se estaba desmoronando de insultos. En las noches estallaba en peleas monumentales con mi mamá. A esa edad entendía que era por dinero. Mi

Omar y el condón.

El liceo es la etapa más traumática que alguien pueda vivir en su vida. Lo creo firmemente. No sabemos lo que queremos, las hormonas están alborotadas y hay presión social...mucha. Más si estudias en un sitio como lo hice yo, que se llama Alta Vista Sur, mejor conocida como "La ratonera". El mote le quedaba perfecto. A los 15 años estudiaba en ese lugar y pertenecía a un grupo muy unido de mejores amigas, todas ellas con novios, menos yo. Todos los días me metían por los ojos a un pretendiente: Omar. Omar no estaba nada mal, solo que no teníamos nada en común, excepto en un detalle. Me explico, a él le gustaban las mujeres y a mi también. Pero en ese momento -y por mucho tiempo- pensaba que eso estaba muy mal. Así que Omar, era el ideal para mi. Nos hicimos novios. Y mi estatus en el grupo subió dos escalones. Pensé que eso iba a solucionar mis "problemas": sociales, sexuales, los que sean. Pero el grupo es voraz y demandaba mas pruebas. Porque

Vino y fresas

-Che, si querés llevo una botella de vino...¿a vos te gusta es el blanco no? Dudé.  Una cosa es que fuera a mi casa a cenar y otra era meter un vino.   Porque el vino implica un compromiso previo, es una bebida más erótica, sensual -imaginaba yo- amante fiel de la cerveza.  -Guacha, y podría llevar unas fresas...quedan bien con la bebida.   Señales de alarmas se prendieron, quedé muda por unos segundos. Pero mi mente maquinaba preguntas.   ¿Iba a pasar algo? ¿Qué querrá con eso? Con un hilo de voz, acepté.   Había salido con Ana un par de veces. Pero nuestros encuentros no pasaban de un café, en un Mcdonnal's de Maracay.   Hablábamos sin parar del tema favorito de Ana: el fútbol.  Como buena argentina sabía de estadísticas, jugadores, reglas, aderezando su charla con análisis precisos.   Antes de estas citas yo me googleaba algún dato interesante para impresionar.  Me gustaba, así que mentir y simular un poco es parte del arte del cortejo (pensaba yo).  Pero su propuest

La masturbación

En mi casa, mis padres podían hablar sobre marxismo, las guerras en el mundo, el imperialismo yanqui, pero no de sexo. Ese era un tema que se mantenía bajo un velo de total hermetismo. Si por casualidad los niños estábamos en la sala cuando se tocaba ese tema, éramos despedidos inmediatamente. -¡Vaya, vaya a ver si el gallo puso! La primera vez que cayó en mis manos un libro sobre sexo, fue -irónicamente- un texto evangélico titulado "Los jóvenes preguntan". En el primer capítulo hablaban sobre la masturbación. Me devoré las 10 páginas, llena de fotos de jóvenes en una iglesia o caminando en un parque felices. Aconsejaban que para evitar el pecado de no masturbarse había que salir a caminar y rezar...rezar muchísimo. A todas estas, cuando terminé de leer, no sabía que demonios era masturbarse. Entendí que debía ser algo extremadamente malo. Pero ¿qué era? ¿cómo se hacía? Salí del cuarto de mi abuela con el libro todavía en la mano. En la cocina estaba una tía lavan

Aprendiendo a defenderme

Mi papá, un actor de teatro con ideales comunistas y admirador de Lenin, le pareció una excelente idea bautizar a su primera hija con un nombre indígena. Era un homenaje póstumo a una tatarabuela que nunca conocí, pero que se mantenía viva con historias que la retrataban como una mujer a quien no le temblaba la voz para imponerse por encima de cualquier hombre.  Mi papá lleno de ideas románticas, pensó que Mawarí traería magia y fortuna a mi vida. Nada más alejado de la verdad. Lo odié desde un principio. En el colegio, fui el blanco fácil de las crueles bromas infantiles, porque el nombre no venía solo.  Inevitablemente mis ojos rayados, la piel cobriza y el cabello largo, negro y liso, no dejaban duda de mi herencia pemón. Los recreos eran una pesadilla que tenían nombre y apellido: Daniel Rosas. Daniel era el típico matón de colegio: gordo, moreno y de una altura mayor a los de su edad, que le daban un aire de superioridad.  -¡India, india...eres una india fea! Me g