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Anatomía de un guayabo

-Chama lo primero es aceptar que vas a estar jodida por un buen rato. El tiempo de duración del dolor es proporcional a cuánto te entregaste a él, o a ella en este caso. Aunque te hayan montado los cachos hasta con tu mejor amiga vas a recordar los mínimos detalles cursis: que si aquella vez robó una cayena en una casa ajena y te la regaló, que otra vez agarró una piedra a la orilla de la playa y te metió la labia de que la conservaras porque era una fecha especial, o aquel día en el que convirtió un pedazo de papel en un anillo de compromiso. Vas a suspirar por esas veces, vas a buscar en tu cartera la bendita piedra, te pondrás ese anillito de papel y vas a llorar hasta que te duela el estómago. Entonces vas empezar a buscarla en las redes sociales, si tiene todo bloqueado, vas a crear perfiles falsos para ver si cae y te acepta, intentarás con alguno de sus amigos, y quizás, si tienes tan mala suerte, encontrarás una foto de tu ex con su nueva pareja. Otra vez a llorar, porque esa c...

Caos familiar

No podía creer que alguien pudiera morirse de amor como en las canciones de Amanda Miguel, pero mi tía era una experta en sufrimiento. Podía escuchar sus canciones mil veces y lloraba como si el tipo estuviera a su lado, rompiendo sus ilusiones, matando su amor, aunque poco a poco me percaté que mi familia tiene un postgrado en drama. Mi papá era el actor, pero mi familia monta unas escenas que dejarían pálida a Lupita Ferrer. Debe ser por esto de criarse en la época en que las novelas dictaban la pauta de tu vida. No puedes ser normal cuando consumes cinco culebrones al día, escuchas Amanda Miguel y Camilo Sesto en unos años en que ni te podías desahogar en Facebook. En Ciudad Bolívar, donde nací, tienes asegurado al nacer el calor y el machismo, así que cuando tuve uso de razón me prometí visitar a mi familia una vez, o quizás dos veces al año. Podía soportar el calor, pero la actitud de mis tíos de gallitos de pelea era demasiado para mi floreciente ideal feminista que aliment...

La casa del pecado (y II)

Esta sensación es agradable. El alcohol corriendo por mis venas como una descarga para desinhibirme. Es como un pinchazo en la punta de mi lengua. -¡Esperen! La morena, mi amor a primera vista, grita. -¿Están seguros de lo que van a hacer? El anfitrión, mi amigo gay, se detiene en seco. Deja de mi pinchar mi lengua con una larga aguja. ¿Cómo llegamos aquí? Poco a poco se aclara mi mente. En algún momento de la noche empezamos a hablar de sexo, nada difícil en esta fiesta. La novia de la morena, habló sin parar de las virtudes de un piercing en la lengua y el sexo oral, mientras mostraba el suyo. La conclusión era que ese pedazo de plástico en la lengua en combinación con buenos movimientos terminaban en explosivos orgasmos. La información llegó hasta la parte menos racional de mi cabeza y decidí, con más de diez cervezas encima, que yo necesitaba un piercing. Convencí a otro borracho sin práctica en esta delicada operación, para que, con un trago de ron, una aguja oxidada ...

La casa del pecado (I)

-¡Bienvenida! Mawa, te compré las cervezas que te gustan. -No quiero, me estoy desintoxicando. -¿Y esa vaina? -Estoy cumpliendo los pasos de Alcohólicos Anónimos sin ir a una reunión. Quiero evitarme la pena de pararme ante ellos y admitir que tengo un grave problema con la bebida. -Una sola no hace daño. -Tomo una y no paro. -¡Eres tan divertida bebida! -Las primeras diez, después no respondo de lo que hago. ¿Qué otra cosa tienes? -Ummm, Vodka, ginebra, guarapita, ron, un dedo de güisqui,maría, polvo de ángel. -Agua. -¡Aburrida! Déjame ver si tengo, no prometo nada. Venir a esta fiesta es una muy mala idea. Esta casa es un imán para personajes llenos de vicios tan peligrosos como la cocaína, tan fuertes como el alcohol, tan sutiles como la marihuana y por supuesto, el sexo. Todo en esta casa respira sexo. Ahora que cumplo un mes sobria, me preocupa que las puertas estén tan abiertas para mí. El dueño, un gay con tantas historias escabrosas que harían palidecer cualquier...

Trilogía de infidelidad (Dicen que a la tercera va la vencida)

Me encantan los programas de crímenes no resueltos. Esos donde el asesino deja una escena macabra, y sale tranquilo porque está seguro que no dejó rastros que lo identifiquen. Después llegan los detectives y van olfateando cada huella, recogen con un hisopo una salpicadura de sangre y empiezan a armar el rompecabezas. Hasta que dan con el sospechoso para enfrentarlo en un interrogatorio que empieza con preguntas generales, y al principio, el criminal siempre niega alguna vinculación. -¡No, nunca estuve en esa casa oficial! ¡No conocía a la víctima! Y ¡Boom! Colocan sobre la mesa las pruebas de ADN que lo atan sin duda a la escena del crimen. Se hace justicia. No pueden resucitar a la víctima pero el victimario queda tras las rejas. Yo ahora me siento como uno de esos detectives. Tengo en mi poder más de diez capturas de pantallas de conversaciones subidas de tono, llamadas de horas de conversación y fotos comprometedoras de mi novia con su ex. La única diferencia entre los i...

Trilogía de infidelidad (La segunda)

Duermo. Mi teléfono repica sin parar. Son mensajes privados a mi Twitter de un usuario desconocido. -¿Los cachos no te molestan cuando chocan con el techo? -¡Dicen que cuando los ex vuelven es porque extrañan otra cama! -¡Debes ser muy mala cama porque tu novia me sigue buscando! -¿Sabes que decía ella de ti? -Ella decía que te veías sucia. -¿Quieres pruebas de su infidelidad? -¡Las tengo todas! -Jajajajajajaja -¿Quieres fotos o capturas de conversaciones? -¡Tengo las dos! Jajajajajajaja No reacciono al momento. Dormí toda la tarde aturdida por el cansancio del trabajo, sueño que es un sueño pero para mi pesar, no es así. -¿Quién es? -Te mando la primera prueba. Me llega una imagen de unas piernas conocidas, entre ellas, sus manos tocan un perro al que muchas veces acaricié. La fotografía tiene un vago mensaje sexual. -Ahora te mando la conversación.  Leo peticiones de encuentro furtivos, deseos al desnudo, motes cariñosos, frases tan íntimas que me despiertan c...

Trilogía de infidelidad (Primera parte)

Terraza en el este de Caracas. Una mesa llena de amigos entrañables, para todos menos para mí. No conozco a nadie excepto a mi novia. Me siento como un caracol sin su caparazón, desprotegida y fuera de mi elemento, divagando entre si entrar en una conversación sobre Aruba aunque nunca la haya visitado. Sé que es una isla, hablan inglés, se paga con dólares y por supuesto tiene playas. No, no me interesa Aruba. En una gran pantalla transmiten un juego de la selección venezolana de fútbol y por los gritos de otros entiendo que van perdiendo. Tampoco me importa el partido, en realidad mi atención está centrada en una conversación a escasos metros. Mi novia me da la espalda y habla con una vecina. Lleva una hora ignorándome, metida en un animado intercambio de anécdotas con este gran amiga que me acaba de presentar, por su toma y dame de palabras se conocen muy bien. Demasiado bien para mi gusto. Mis orejas empiezan a arder. En esa parte de mi cuerpo se concentra el frío, la ra...