Me dio un manotazo y terminé pegada a la puerta. La sala era un desastre. Los muebles en el medio, una de sus pinturas estrellada contra el suelo, su ropa regada por todas partes. Eran las dos de la mañana. Los gritos me habían despertado pero no le di importancia. Era una rutina a la que me había acostumbrado. Pero los insultos aumentaban. Traté de dormir con lágrimas en los ojos, rogando que fuera una pesadilla. Unos golpes secos me hicieron abrir la puerta. Mi papá le daba patadas a una maleta con su ropa. -¡Dejen dormir! Fue lo más ilógico que se me ocurrió decir, en una escena que ya se repetía todos los días. -¡No te metas! Mi mamá estaba encerrada en su cuarto, evitando un mal mayor. Mi papá entró a mi cuarto, cargó a mi hermano menor de dos años y amenazó con llevarlo si lo botaban. Mi hermano todavía en piyamas, empezó a llorar sin entender la situación. Mi mamá salió del cuarto aterrorizada. Lo haló por la camisa, tratando sin éxito de impedirle que se fuera. ...