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El momento de la despedida o hasta aquí llega esta echadera de cuentos

Yo pensé que esto iba a ser muy fácil. Acaricié muchas veces la idea de llegar a este momento porque estaba loca por cerrar este ciclo que comenzó hace mucho tiempo. Prometí despedirme en la entrada 200 pero los tiempos se fueron alargando y me tocó, como muchos otros, salir de mi país. Al llegar a Lima dejé de lado el blog porque no tenía la paciencia, las ganas y la fuerza de voluntad para seguir empujando las historias. Emigrar me sumió en una especie de depresión pasiva (si esto de verdad existe) y me quitó por mucho tiempo las ganas de escribir, pero esos cuentos son para otro momento. Comencé a escribir por acá, si no me equivoco, en el año 2013.   Lo abrí tiempo después de llegar a Puerto Ordaz luego de vivir 13 años en Maracay, donde me fui a estudiar comunicación social. Llegué a Puerto Ordaz con el corazón roto porque había dejado al amor de mi vida en esa ciudad, con la promesa de regresar juntas muy pronto. Nunca ocurrió. El blog nació como una forma de sacar toda ...

El fin del caos (y III)

 -No creo que te sirva este pantalón. Me dijo David sosteniendo en la mano un jean de su hermana, dos tallas menor a la mía. -¿No habrá algo más? Tardó un rato más en buscar y esta vez llegó con una larga falda amarilla llena de pliegos, lazos y lentejuelas de colores, una prenda que jamás en mi vida sobria y sensata hubiera utilizado.  No hace falta acotar que este no era el momento más sensato de mi vida. Una vez más. -Pero me la tienes que regresar rápido, es la falda favorita de mi mamá. La tierna advertencia de David junto a su disposición de ayuda, me hizo callar cualquier queja inútil en una situación donde no tenía muchas salidas. Tampoco quería seguir hablando de la noche anterior, pero David me empujaba. -¿Qué le pasó a tu pantalón? ¿Le hiciste el sexo oral a esta chama? Sin él saberlo, las dos respuestas a sus preguntas tenían una relación directa.  Le conté como en sueños me dejé llevar hasta el sofá.  Observé como mi amiga abría las piernas ante mí con s...

El fin del caos (Parte II)

 Me lamía y chupaba el cuello con una furia carnosa tan intensa que me provocaba mareos, además de un puntazo de dolor. Él estaba sentado en la esquina de un sofá horrorosamente cutre tapizado con flores silvestres. Yo, sentada encima de él, buscaba rabiosamente que esas manos tocando mis senos por debajo de la blusa, sus dientes pegados a mi cuello como un pitbull en celo o su evidente erección por encima del pantalón, prendieran alguna mecha de deseo en mí, pero era imposible.  En cambio, mientras él intentaba por todos los medios complacerme con caricias salvajes y torpes, yo me entretenía guardando todos los detalles del apartamento 4B.  Una máquina de hacer ejercicios abandonada en un rincón, un equipo de sonido lleno de polvo, una mesita cerca de la puerta de salida abarrotada de fotos familiares, muñequitos de porcelanas, una biblia abierta, una pipa de marihuana, las llaves de la casa. A mi espalda la cocina iluminada. Frente a mí, una pared que en su mejor moment...

El fin del caos (Parte I)

Si ese no era el final del caos de mi vida, no sé qué más podría esperar. Es imposible, mirando a través del tiempo, olvidarme de la fecha y los acontecimientos. Fue un 31 de diciembre aunque el año no tiene la menor importancia.  No tenía un reloj a mano en ese momento, pero calculo que era muy temprano. Lo supe por el paso tranquilo de la señora paseando a su perro mientras me regalaba una dura mirada de desaprobación, y la estática conserje del edificio que no disimuló su disgusto al verme todavía allí en el portal, con la ropa arrugada, el maquillaje corrido, un zapato de tacón en una mano y en la otra, mi celular.  Intentaba prender el aparato sin éxito pero quién sabe en qué momento se había agotado la batería.  El sol me daba directamente a la cara, deshidratándome lentamente. ¿Y ahora qué hago? Ni loca iba a volver al cuarto piso de ese edificio, tocar la puerta del apartamento 4B, esperar la respuesta de alguna de las tres personas que todavía estaban dentro, ped...

La mujer barbuda del circo

 Me siento como la mujer barbuda del circo, como el bebé nacido con un rabo de cerdo en el libro Cien años de Soledad de García Márquez, como Julia Roberts en la película Mujer Bonita cuando va a comprar vestida de puta a un local de alta costura, y la vendedora la mira de arriba a abajo. Una freak, una rareza, una mujer fuera de lugar en medio de esta reunión con las máximas locutoras de Puerto Ordaz.  A pesar de ser las 5:00 de la tarde, un opresivo calor en el Centro Ítalo Venezolano de Guayana derrite rápidamente el hielo de mi bebida cara y terriblemente dulce, que decidí pedir solo por seguir la manada. La verdad, ahora mismo deseo una cerveza fría, un porro y una soga para ahorcarme, en ese orden. Estoy frente a la crema de la crema en la locución de la zona, debatiendo sobre un calendario a beneficio del cáncer de mama. La idea me pareció genial cuando llegó en forma de llamado telefónico.  Tengo un programa de radio en la mañana donde no gano nada de dinero, un ...

Una señal del destino (y II)

 ¿Cómo es que sigue la canción de Fonsi? Este silencio esconde demasiadas palabras. Silencio. -¿Julia? ¿Mawa? ¡Abran la puerta! Le tapo la boca a Julia en un intento inocente de tratar, con esa acción, retroceder el tiempo y salir de este encierro en un baño público de un club campestre de Maracay.  A veces los problemas me buscan con gran saña sin yo haberles hecho nada.  Le señalo a Julia con mi dedo índice en mi boca que se calle, con la otra mano le tapo la boca pero ella empieza a lamerla. ¡COÑO, Coño, coño! -¿MAWARÍ? -Voy Voy. ¿A dónde voy? ¿Qué clase de respuesta es esa? Quizás, cuando me decida abrir la puerta, podría pensar en otra mejor, algo así como, "No es lo que estás pensando", pero lo descarto. Salir con un lugar común no es la mejor manera de solucionar este malentendido, porque básicamente todo esta situación está mal, muy mal.  Empiezo a mover el pasador de la puerta tan en cámara lenta, como si estuviera desactivando una bomba de tiempo a punto de...

Una señal del destino (I)

Les juro que si canta una vez más empezaré a gritar. Puedo jurar, que si llega a acercarse un poco más para besarme como es su intención, o para tocarme como señalan sus ganas, voy a fingir un desmayo.  Les puedo jurar que yo jamás alenté, propicié, animé, avivé -ustedes busquen los sinónimos que quieran- pero jamás hice algo para estar en esta situación tan bochornosa, atrapada en el cubículo de un baño público sin poder moverme, mientras la hermana de una compañera de trabajo me tiene acorralada dedicándome una canción. - Yo no me doy por vencida ...te recuerdo que tu hermana y mi novia están afuera...y o quiero un mundo contigo ...y estamos tardando mucho... juro que vale la pena ...juro que voy a gritar si no me dejas salir de acá... esperar, esperar y esperar un suspiro ... (Suspiro) La cantante aficionada se llama Julia, pero yo le digo Selma porque es la copia exacta de la hermana de Marge Simpson.  A Selma no parece importarle que fuera de este baño fétido ...

Olor a macho

No recuerdo cómo la conocí. Pero lo más seguro es haberme tropezado con su perfil en Badoo. Badoo, esa red social para citas bautizada por mí en algún momento como "el museo del horror", por la cantidad de gente desesperada, insana y ninfómana, aglomerada en un solo espacio virtual. No crean que me estoy escapando de mis responsabilidades, si estuve allí, tan cuerda no estaba. Si mi memoria no falla, pude conectar con tres mujeres. Una de ellas fue la peor cita de mi vida: me invitó a casa de sus amigos para darle celos a su ex. Con la segunda tuve una relación no mayor de cinco meses que no llegó a buen término, porque nunca encontramos temas comunes de conversación. Pero la tercera, la tercera parecía diferente. Era una chica diez años menor que yo, con negocio, casa y carro propio. Cuando me comentó que era independiente a los 25 años de edad, no le creí ni un poco. Estaba acostumbrada a los perfiles falsos creados en las redes sociales, las mujeres que se quitab...

Resarcimiento de daños (y II)

-¿Quieres que hablemos aquí Mawa? ¿O en otro sitio? Las dos preguntas sonaban amenazantes. Era como si me diera a elegir el lugar de mi asesinato: o esta plaza cerca de mi casa, o algún otro paradero donde nadie pudiera escuchar mis gritos de autodefensa. Porque me iba a defender. Creo. -Da igual David. Él agarra una inmensa cantidad de aire, y llena sus pulmones con una determinación cargada de palabras hirientes producto de heridas mal curadas. Y lo suelta. -¡Eres una puta egoísta! El inicio de este combate le anota dos golpes en uno. Por unos segundos recordé un hecho muy extraño, una comparación tragicómica. David y yo pasábamos mucho tiempo jugando Mortal Kombat en mi casa. Su personaje eterno era Liu Kang y el mío Kitana. Podíamos durar hasta la madrugada intentando matarnos uno al otro en ese juego de Nintendo, hasta que se acababa la diversión porque David siempre me ganaba. Pero hoy, esto no es un juego, no podía apagar la consola. -¡Una egoísta de mierda! Solo er...

Resarcimiento de daños (I)

Pido perdón por el mal rato pasado. No fue mi intención causar en ti, angustia, desconsuelo, ira, tristeza, o para resumirlo mejor, una gran decepción. He sido -muchas veces de manera consciente- una gran irresponsable al actuar sin medir las consecuencias, o quizás conociendo las implicaciones de mis desacertadas decisiones, considero que vale la pena incurrir en el error. No pido un perdón exprés, una clemencia sin ganas que dejará a la deriva esta amistad de tantos años, y menos por una mujer David. Mi delito fue no decir la verdad. Ocultar un hecho, a todas luces deplorable y reprochable. Es por este motivo que necesitamos vernos lo más pronto posible, antes de irme del país, porque siempre seré una gran defensora del poder de la conversación. Espero, quiero y te ruego, vernos en la plaza de mi urbanización, esa plaza que tantos secretos nos ha guardado. Te espero allí a las ocho de la noche, con o sin tu respuesta. Un abrazo. Mawa. *Enviar* Los grupos de WhatsApp son el...

La despedida (y II)

-No. Está saliendo conmigo. Un golpe directo al estómago. Eres un amigo horroroso, horrible. ¿Cómo coño se te ocurre salir con mi ex? ¡Tú eres uno de mis mejores amigos! Sabes la importancia de esa mujer en mi vida. Conociste de primera mano todo el tiempo y el esfuerzo que me tocó conquistarla. ¡Lloré en tu hombro cuando terminamos! Te dije que me había enamorado de ella, que me dejó el corazón roto, que gracias a ella volvió mi arrechera a las bisexuales. ¡Me diste ánimo! Me dijiste que ella no valía la pena, que era una loca, una indefinida. ¡Hipócrita! La querías para ti todo este tiempo. Yo siempre supe que ella te gustaba, siempre, pero jamás pensé en esta traición, de ti no, todos menos tú. Seguramente me vas a decir que ya lo nuestro terminó, pero David, el código dice que nunca vas a salir con el ex de un amigo. ¡Claro! No se te ocurrió mejor momento de darme la noticia cuando me voy del país. ¡Cobarde! ¡Yo jamás te quité una novia! ¡Ah, no perdón! Es que nunca te conocí una...

La despedida (I)

-Voy a buscar mi guitarra. Me entusiasmé a duras penas, tratando de disimular mi tristeza para no desentonar en la reunión con mis amigos, pero no es cualquier reunión, es mi despedida. Malditas despedidas. Cansada de decirle adiós a mis mejores amigos, a exparejas y conocidos, ahora estoy yo aquí, aprovechando las pocas horas que me quedan en Venezuela para emborracharme hasta olvidar mi nombre. Y, como siempre pasa cuando decido beber hasta agotar mi mente, voy muy bien. Edgardo regresa con la guitarra. Por ahora solo estamos él y yo, esperando a los demás que andan en busca de hielo y alcohol. -¿Qué quieres que toque? -No sé, algo que no sea triste. Edgardo es un ingeniero químico tan compenetrado con su carrera, tan intensamente obsesionado con su profesión, digamos, tan nerd, que bautizó a cada miembro de este pequeño grupo selecto con el nombre de algún metal, según la tabla periódica. Él es plomo, Pb. Por el hecho de ser una persona fácil de fundirse con los demás, de...

La intervención

Antes de la intervención  Los animales responden a estímulos. Hace muchos años tuve una perrita llamada Chiquita, que movía la cola cada vez que me veía entrar a la casa después del trabajo. Chiquita sabía, olfateaba desde lejos, la recompensa que le tenía reservaba pero con la condición de que me diera la pata. Así que Chiquita, mi perrita, me esperaba lista con la pata arriba. Pata arriba, comida. Pata abajo, nada. Un estímulo simple, básico, sin complicaciones. Los seres humanos somos una masa de carne más compleja que un perro, o en teoría debería ser así. Pero ahora, mirando de frente a mi amiga Sandra, empiezo a cuestionar totalmente esta premisa. Ella no me mira porque tiene la vista clavada en la pantalla de su celular mientras sus dedos escriben frenéticamente. Yo estoy callada esperando que termine de decir algo, pero su teléfono no deja de escupir sonidos, y cada medio minuto se interrumpe para responder como una poseída. Cuando no suena el celular, igual...

El fracaso de cupido

El ambiente es perfecto. Un cielo despejado con una luna llena como guinda. Un jazz tan sutil, orgásmico, que invita confesar secretos y propuestas indecentes. Unas cuantas cervezas nadando en un recipiente repleto de hielo, buena compañía conversando de todo y de nada, mientras una piscina en calma nos regala sus eternos reflejos azules. Pero nada en este ambiente es inocente, porque estoy en este bar al aire libre con el propósito de unir dos corazones. Mi buen amigo David, que ahora lo tengo al frente, tiene un año completamente solo sin posibilidad de conseguir compañía por culpa de su congénita timidez. A mi derecha está Sandra, una compañera de trabajo tan inestable en sus relaciones amorosas, que ella misma podría ser un ejemplar para crear una nueva patología para el desastre en pareja. A mi izquierda en esta mesa redonda está una amiga de Sandra, a quien no conozco de nada y mucho menos puedo recordar su nombre, pero quien no deja de hablar sobre su reciente divorcio y ...

Réquiem por una infidelidad (y III)

Una eternidad, esperé este instante y no lo dejaré deslizar en recuerdos quietos, ni en balas rasantes, que matan. Come de mí, come de mi carne. -¿Qué haces? -Escribo la primera estrofa de la canción de Soda Stereo. -Focus, Honey . Concéntrate en la locura.  -Es que dije que nunca más iba a escribir sobre mi ex, esa ex. -Y siempre tú apegada a las promesas. -Me preocupa una cosa. -¿Solo una? ¡Qué optimista! -Sí, solo una...Ella me va a preguntar, ¿cómo pude serle infiel al que fue el amor de mi vida? -Madonna tiene la respuesta. -¡No! ¡Por favor no hagas la imitación de Madonna! ¡No en este sitio súper hetero! -Le vas a decir... -Siéntate marico... -Voy a buscar una cerveza... -¡No vas a tomar más y siéntate! -Le vas a decir, que cuando la conociste, I was beat, incomplete, but you made me feel, yeah, you made me feel, shiny and new... -¡Dios santo! ¡Pide la cuenta! - Like a virgin, touched for the very first time, Like a virgin, uuuuh Entre caníbales...

Requiem por una infidelidad (II)

Me desgasto y confundo, no quiero ser torpe una vez más, menos si estoy enamorada. Comenzar de cero implica, en mi insensata racionalidad, que debo retroceder y mirar mis errores otra y otra vez, abrir las heridas, saludarlas y no conforme con esto, escribir sobre ellas. -No, no, no. Something's wrong here , Mawa. -¿Qué no te cuadra? -Si cada cacho que montaste tiene una canción, esa de Silvio Rodríguez que recuerdas es de cuando Fidel Castro era un aprendiz de dictador. O sea, baby , como en los 60. -Tienes razón, pero es la que siempre escuchaba la chica con la que salía... -¿La oficial o el cacho? -El cacho. -Uy no que mal gusto, gente que escucha Silvio Rodriguez, este... el papá de Servando y Florentino...¿cómo es que se llamaba? -Alí Primera. -Uy no. Gente que escucha eso le cae una maldición encima darling , una pava eterna, hasta mal deben tirar. ¿Y cuál era el soundtrack de la oficial? -Lo recuerdo como si estuviera allí, una de Mika: Relax, Take It Easy. -¡Fí...

Requiem por una infidelidad (I)

Y me voy repitiendo. Reincidiendo. Cayendo en este juego de esquivar la verdad sin doblar las esquinas de la realidad, algo así como quitarme seis kilos a base de photoshop, sin desvirtuar los cuadros de fondo. Escupo los pedazos de esmalte uñas Infinite Shine de la marca OPI, pero algunos grumos todavía están pegados a mis dientes. Dinero perdido. Sigo marcando el mismo número una y otra vez. Repitiendo. Cae el buzón de voz. -¡Chamo! Grado 33, necesito que me atiendas de manera urgente. Por el pulgar derecho y el anular izquierdo de mis manos corre un hilo de sangre que seco metiendo los dedos en mi boca, aprovecho y muerdo lo que queda de uñas. Vestida para salir velozmente, en mi cartera un lapicero, un bloc de notas, una caja de cigarrillos Belmont, dos halls negros, un ibuprofeno vencido, tres condones texturizados ecstasy marca Trojan, mi monedero Tous negro, las llaves y el celular que tengo a la mano y que ahora por fin, suena. Detalles, detalles Mawa. Un buen mentiros...

El callejón de la puñalada

Era una mala idea. Lo dijo mi mente y lo expresé en voz alta porque mi conciencia jamás se equivoca, solo que yo nunca le hago caso. -Chama, esta es una mala idea. Ella miró a otro lado fingiendo no escucharme, levantó su trago -una mezcla de tequila con ginebra- y brindó con la multitud al ritmo de las Chicas del Can.  Odio los kareokes.  No encuentro lógico pagar una cantidad exorbitante de dinero por unos tragos mal preparados, mientras escuchas como otros destrozan una canción tras otra, durante horas. Pero aquí estamos, en una taguara mal iluminada con olor a orine, en una de las zonas más peligrosas de Caracas, con un nombre peculiar y escalofriante: el Callejón de la Puñalada.  Me habían hablado de este sitio muchas veces, y aunque su mala fama es vox populi, muchos corrían el riesgo de adentrarse en el área porque aseguraban, que si salías vivo después de una noche en el callejón, esa sería una de las mejores de tu vida. Pero yo estaba tensa. -Lo...

Heteropolítica

Al fondo, el rumor de las olas. Un poco más allá, por decimotercera vez en esta madrugada, se escucha la canción de Circo Urbano, "Muerto en Choroní" para el delirio de todos los borrachos. Pienso que tanta obviedad no es necesaria. Sí, estamos en Choroní, pero lejos del 2003 cuando el tema era un boom, y mucho más lejos aún del ambiente romántico que busco crear en esta primera cita. Aunque no se podría llamar a esto, una cita. Ella está tendida en la cama del hotel, pidiéndome en susurros sus más cochinos deseos para este amanecer del domingo. Aunque el momento es altamente erótico: el calor de nuestros cuerpos, la semi penumbra, los restos de olor a coco en su piel, ella acostada en la cama, yo sentada en sus caderas; siento unas ganas inmensas de reír. Es un gesto en su boca lo que desarma todas mis ganas, porque cada vez que hace una petición sexual, se muerde el labio inferior cual Mia Khalifa en sus mejores -y peores- pelis pornos. -Quiero (mordida) que (mordida...