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Mis demonios

Llevo veinte cervezas, pero no pararé hasta que lleguen las ganas de vomitar.
Es raro porque ya debería sentirme mal, pero mi barrera se amplia más, no solo la de la bebida, este deseo de hundirme demanda más.
Hago un par de llamadas plagadas de llanto, mando mensajes furiosos como loca, escribo algo en las redes sociales.
Alguien, una amiga, me manda un mensaje a mi celular.
-¿Estás borracha? Si sigues escribiendo, te juro que voy hasta tu casa a cortarte los dedos.
-Te prometo que dejaré de escribir.
- Y de beber Mawa, tienes un problema.
-No tengo ningún problema.
La negación.
Siete días a la semana era la misma rutina, esa de arruinarme la vida y la de los demás.
Beber se había convertido más que un habito, era una necesidad que me tentaba, "una más y todo será bonito"
¿Quién me hablaba?
"Una más y todo se te olvidará"
Llegaba el mareo, el olvido, la rabia y el vacío.
-Si, tienes un problema.
-No, yo lo puedo controlar.
-¿Sabes que creo? Cada vez te pareces más a tu papá.
-Nunca más te atrevas a compararme con él.

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